Cada viernes por la noche hacía lo mismo, le costaba un par de horas engalanarse. Primero un baño de espuma que liberara su cuerpo del cilicio laboral, para luego untarlo, en inacabable letanía, de lociones y tónicos con promesas redentoras. Un rato más frente al espejo del ropero, eligiendo con cuidado vestidura que cubriera con pretensión su cuerpo resucitado. Acabado el ritual salía.
Los escasos metros que separan su casa de la sala de fiestas, los andaba cada fin de semana con el mismo propósito, encontrar un alma bondadosa que concediera indulgencia plenaria a su soledad.
Se acomodaba siempre en el mismo rincón de la barra, y miraba a los parroquianos en busca de novedades, mientras el barman, con la habilidad de un campanero, le preparaba el san francisco que alegraba su espíritu como agua bendita.
Cruzaba miradas y sonrisas con los mismos feligreses de cada sesión, incluso bajaba a la pista y abandonaba su mente en comunión con la música. Pero una vez más, terminaba consumiendo la noche, la confesión de algún arrepentido, que buscaba como ella, cumplir su penitencia con menos sacrificio.
Y volvía de nuevo a la soledad de su casa reflexionando, como peregrino que pierde la fe, si era el culto adecuado o había de plantearse finalmente la apostasía.

recordaron gusto y textura. Un instinto la contuvo, ¿acaso la había comido ya? Decidió entonces acercarse a los otros dos y contemplar las frutas antes de hacer elección. En el siguiente, los rayos de sol se colaban entre las hojas envolviendo los frutos en destellos de colores. Bocados sabrosos, tentaciones tan apetecibles que a punto estuvo de alargar la mano y alcanzar una; algo la frenó, su olfato no encontró ningún estimulo, echaba en falta el aroma. Se dio la vuelta y miró a la vieja esperando en su cara una señal, pero seguía haciendo punto con la cabeza agachada sobre las agujas. Se arrimó entonces al tercero, en cuanto entró bajo sus ramas reconoció la fruta madura, alzó su mano y tomó una pieza, al primer mordisco sus cinco sentidos se batieron en palmas. Saboreó una tras otra hasta que sació su apetito.