Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigada, decidí seguirme. Colgaba de mi brazo una bolsa de papel, de esas comerciales con el asa dura. Bastante usada por cierto, hace tanto que no voy de compras que no la renuevo. Se apreciaba, por los pliegues, que dentro había un pequeño objeto de poco peso.
Doblé la calle y enfile por Bravo Murillo con una rapidez que me sorprendió. No se me notaba el cansancio de toda la mañana pateando la ciudad en busca de trabajo. Llamando a puertas y más puertas, para escuchar siempre la misma respuesta: Lo sentimos, su perfil no reúne las condiciones que necesitamos. Volvía tan agotada que no sé de donde salió esa energía.
Unos pasos por detrás me vi la espalda, mi delgadez empezaba a ser preocupante. Los tirantes de la camiseta verde que llevaba puesta, descubrían mis hombros huesudos. Ni siquiera los rígidos vaqueros ocultaban mis piernas famélicas. Tendría que hacer algo, no podía seguir así. ¿Cuánto se resiste con una comida diaria?
Al final de Bravo Murillo está la tienda de muebles que tanto me gusta, seguro que por mucha prisa que llevase también me paraba. A si fue. Una vez más observaba esos preciosos cuadros para la cocina de mis sueños. Tres cerámicas con pinturas de legumbres, tan realistas que incluso se huelen a través del cristal. Bajé la mirada al suelo para seguir caminando, cada día mis ilusiones estaban más lejos.
Tomé la calle de la izquierda, la que pasa por la puerta del Cuyás. Ya no entro a coger el programa como hacía antes. Venía por lo menos una vez al mes. Mi sueldo, siempre escaso, me concedía pocos caprichos, pero en lugar de salir a cenar sola, me gustaba venir al teatro. Me permitía una obra de vez en cuando, era mi recompensa. Ahora pasaba de largo.
Encontré rojo el semáforo que atraviesa la carretera del centro. Un par de peatones esperaban conmigo. Una señora mayor situada a mi derecha y que agitaba con tanta fuerza su abanico que el aire llegaba a mi nuca despejada. Y un señor leyendo el periódico, del que no levantó la vista ni cuando aquella ambulancia pasó a toda velocidad con la sirena encendida.Me pareció extraño el camino que llevaba en esa tarde de calor. Solo en una ocasión había cruzado al barrio de enfrente, a Vegueta. Los de mi clase no podemos vivir en el. Las viviendas son edificios regios, palacetes de cuando llegaron los castellanos y fundaron la ciudad. Calles adoquinadas que confluyen todas en la Plaza de Santa Ana, donde se concentran las mejores tiendas. Establecimientos de lujo en los que nunca podré los pies.
Mientras se ponía verde, con la mirada en el suelo, como buscando la dignidad que me parecía haber perdido con el trabajo, me di cuenta de lo que en ese instante pasaba por mi cabeza. Un alegre recuerdo. Sin embargo, no tenía la fuerza suficiente para colocar un gesto emotivo en mi cara amargada. Evocaba aquella ocasión, cuando, por primera y única vez en mi vida, me permití un capricho caro. Fue en aquel paseo por Vegueta, acababa de cobrar la paga extra y la dejé entera en una joyería. Compré el anillo más hermoso que he visto nunca y me lo regalé como si un espléndido pretendiente hubiera pedido mi mano. Después me dio vergüenza usarlo y lo guardé en el cajón de mi mesita. Y allí debe estar, hace tiempo que ni lo saco de su estuche, cada vez que lo miro lamento haber caído en la tentación de comprarlo.
Cogí la calle Ruzafa, dirección centro. Que curioso, justo la misma donde adquirí la sortija. Pero esta vez no me detuve, continué caminando unas manzanas más sin saber a donde me dirigía. De repente, casi a las afueras del barrio, me paré en un portal. Un cartel amarillo que colgaba de uno de los balcones, anunciaba en letras grandes y negras: “Compro oro y joyas”. Mirando con tristeza al interior de la bolsa abrí la puerta y entré.
Entonces comprendí a que había venido, pensé que era algo que debía hacer sola y decidí esperarme afuera.
Gracias por llevarme de paseo. Me encanta, precisamente, ese recorrido.
Pero te odio por hacerme recordar esas cosas. Por cierto, un año y pico con una comida diaria se puede resistir, al menos físicamente. Lo malo es el complejo de perro que llevas contigo.
Por eso yo también suelo hacer ese paseo, y me siento a la vera de Faycán y miro con envidia la paloma que acabada de cazar.
Impresionante principio y final para un cuento.
comentario por Carlos — Abril 16, 2008 @ 4:25 pm |
Muchas gracias a ti Carlos. Siempre es un gusto leer tus comentarios.
comentario por Trini — Abril 16, 2008 @ 8:26 pm |