Lo consideraba una nimiedad y por eso no le hizo hueco en la estantería de los triunfos. Aquella tarde, su sobrino lo descubrió al abrir uno de los cajones, y con la curiosidad infantil que desarma al adulto mas firme le preguntó:
─¿Te dieron un premio?
─Si, por escribir un cuento ─contestó─.
─Y ¿Qué te dieron? ─volvió a preguntar el pequeño.
─Nada, poca cosa, ─dijo quitándole importancia─ ese diploma y doscientos euros.
─¡Hala! Y te parece poco.
