
Concha San Juan
Spinoza sabía que el lenguaje tenía cautivo al imaginario humano; que tras esa agudeza que creía hablar con libertad, se ocultaba la primera trampa esencial de la palabra: imponer, a quien hablara, la representación material y determinada de su imaginación.
Entendió que, para libertar al pensamiento, necesitaba conocer su génesis y dotar al verbo de expresión.
Por eso tomó su lente, aprendió a pulirla, y miró por ella.