La primera vez que yo me senté en esta cama, tampoco me llegaban los pies al suelo, como te pasa a ti ahora.
Cuando tu padre nació, la abuela le dio a luz aquí, como me había dado a mi, porque antes se nacía en casa ¿sabes?, no en le hospital como se nace ahora. Se puso enferma después del parto y no se levantó de la cama en mucho tiempo. Yo, me acercaba despacito, si estaba despierta me subía a su lado, le colocaba un almohadón en la espalda y me sentaba con ella para que me cepillara el pelo.
Me gustaba que tu abuela me peinase y me hiciera trenzas.
-¿Tenías seis años?- pregunta la pequeña balanceando los pies entre las patas de la cama.
-No, tenía cinco.
-Y ¿Cómo subías? ¿Eras más alta que yo?
-Nadie es más alta que tú, eres la niña más alta del mundo. Subía como has hecho tú, de un brinco.
-¿Te dejaba dormir con ella?
-Estaba enferma y tenía que dormir solita.
-Pues a mi los papás si que me dejan, me gusta dormir con ellos. Y ¿sabes que?
-Dime cariño- y se acomodan las dos, una frente a la otra, para contar esos grandes secretos que crecen la vida de una y llenan la de la otra.
