Archivos Mensuales: enero 2008

Suerte

El editor le recomendó, que mientras sus libros estuvieran en catálogo, se mudara a una casa grande, a ser posible en las afueras; que contara con unas cuantas habitaciones y un amplio jardín. No entendió la necesidad, puesto que desde hace años vive solo, pero le gustó la idea, es más, siempre había querido vivir en una casa con jardín.

Llegó con tres de sus manuscritos bajo el brazo. Un conocido, ya colaborador de la editorial, le había recomendado. Andaban escasos de buenos originales y los suyos eran magníficos.

El primero, casi ni recuerda cuando lo escribió. Llevaba tiempo en el fondo de un cajón y, sinceramente, nunca pensó publicarlo. Es una especie de autobiografía simulada de juventud. Por un punto de modestia y otros muchos de cobardía, situó al personaje en la otra parte del país y le cambió el sexo.

En el segundo se desmenuzan conflictos generacionales. El protagonista, cabecilla de una adolescente tribu urbana, es el retrato perfecto del hijo de sus amigos.

El tercero de los que trajo es el último que ha escrito, el más difícil. En ocasiones le produjo tal ansiedad que apunto estuvo de no terminarlo. Se trata de un cruel asesino, sus víctimas siempre fueron hombres maduros que aparecían descuartizados en cualquier contenedor. Nunca había escrito nada de terror y se dejó llevar. Los personajes iban forjando la historia, pero siempre los muertos, jamás conoció al asesino y la angustia le llevo al extremo de terminar su novela de manera repentina dejando el caso sin resolver.

En un golpe de buena fortuna, le dieron el visto bueno a los tres. Publicarían todos en los próximos meses. Cuando salió de la editorial visitó un par de inmobiliarias y aquí está ahora, disfrutando del jardín de una preciosa casa de dos alturas.

Hace unos días que comparte su tiempo con una mujer joven. Llegó, enviada por la editorial, con las primeras galeradas y, al parecer con intenciones de quedarse. El no pregunta. Desde el primer momento se movía por la casa como si la conociera. Se acomodó en una de las habitaciones y le ayudó con los macizos de geranios de la entrada. Han hecho buenas migas, a los dos les gusta conversar y pasan largas horas bajo el laurel con una taza de café. Su edad y procedencia son completamente distintas, pero, por lo que tienen en común, se diría que han vivido la misma vida.

Ayer a última hora, su tranquilidad se vio interrumpida. Las pruebas del segundo libro llegaron con cuatro chavales que se han instalado en la planta de arriba. Solo les vieron un momento. El volumen del heavy metal es tan alto que no han dormido en toda la noche. Y ahí siguen. Ha salido con el teléfono al jardín, buscando un rincón donde los decibelios sean menos metálicos, y el auricular le ha caído al suelo al reconocer la voz del editor, anunciándole que por la tarde le llegaran las últimas galeradas pero no sabe con quien se las manda.

Trebol

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Así en la vida como en la muerte

Hubo lágrimas en el velatorio. Sí, es cierto, alguien lloró. Y lloró de dolor, no por la pérdida. Por la pérdida no, porque su pérdida no dolía. Fueron lágrimas de dolor pero de otro dolor, del que producen las humillaciones en la memoria, el de la tiranía y los atentados al respeto. Lágrimas de ese dolor son las que había en el velorio.

    Dicen que no se habla mal de los muertos cuando han muerto, que solo se cuenta lo bueno que fueron o hicieron. En su vela tampoco. Hablamos de lo que hizo y fue, de absolutismo y descaro, de egocentrismo y descortesía, de insensatez y necedad. Y de amor también. Porque la quisimos sí. Nunca sabes porqué quieres a quien quieres.

    La quisimos, por eso estamos aquí acompañándola hasta la tumba, para que no esté sola sus últimas horas; y por eso estuvimos allí con ella, cuando él se fue, sus otras horas. Aguantamos sus reproches, sus desprecios, sus abusos, sin entender porque la quiso. Nunca sabes porqué quieres a quien quieres.

    Jamás le faltó nada, como nada le falta ahora, ni siquiera lágrimas; incluso lágrimas hay en su entierro. Las que ella nunca derramó, las que no mereció pero provocó tantas veces.

    Ella, engreída en la vida y en la muerte, egoísta viva y muerta. Cicatera y mezquina, invade su sepulcro. Ocupa la fosa que él tanto deseó y le relega a un rincón.

    Él, encogido, acurrucado, despojado de madera y dignidad. Celador y custodio, conquistado y sumiso en la vida y en la muerte.

Amigo

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Los sutiles mensajes de auxilio que había escuchado por teléfono le dejaron preocupado. Me consuela que por mi pueblo no pasa el tren, no hay andén que pueda convertirme en una Penélope más. Había dicho su amiga al despedirse.

Llenó su maleta de remedios y salió en busca del avión que le acercara a pasar con ella un par de días. Y volvió, después de dos días de copas y paseos, con su maleta intacta.

Si te coge Bea te hace crecer, pensó al ver a un enano que tomaba el sol a la puerta de una tienda de bolsos, entró, compró uno de piel marrón y se lo hizo llegar a su amiga.

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Reglas

regla-sep-libro-encobrizada2.jpg     La clase de lengua se la pasaba corriendo las páginas del libro de texto y rebuscando las cursivas. No le interesaba la gramática, nunca entendió bien cuando y por qué el sujeto venía delante o detrás del predicado. En cambio, se sabía de memoria todas las citas literarias que aparecían de ejemplo en los ejercicios. Casi en los últimos temas, un extenso párrafo introducía la lección de los comentarios de texto. No hizo los ejercicios, no tocaba, pero se lo leyó una y otra vez hasta que se fundió con el pequeño Pascual. Le hizo su amigo, lo veía a su lado y en ella, y en cada niño que encontraba. Debió ser por eso, que no entendió la mirada y mucho menos el gesto de desaprobación que le devolvió Don Valentín, el cura del pueblo, cuando al domingo siguiente unos momentos antes de la misa, y mientras les distribuía lo que cada uno debía leer en el oficio, ella le preguntó si podía, en lugar de otra vez la carta a los apóstoles que ya recordaba haber leído, leer hoy un texto de La Familia de Pascual Duarte, que entendía y le gustaba más

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Putada

Se recuperaba de amnesia cuando reconoció su maleta. Dentro, diez pasaportes llevaban su foto.


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Hábitat

La puerta trasera de la casa está justo al lado de la mesa, donde se amontonan desordenadas, las palabras que cada día intento ensamblar. He salido con mi café, en lugar de sentarme, a comenzar la mañana en el jardín; todavía de piedra, tierra y cemento, pero en el que mi imaginación coloca grandes rocallas repletas de aromáticas. Une la casa con el monte Calvario y desde ahí se ve un gran valle a las faldas de La Montalbana.

Hoy hemos amanecido lloviendo, una lluvia cohibida y discreta ha suavizado los termómetros. La tenue cortina de agua coloca una veladura grisácea a los colores marrones del invierno. El tímido verde de los sembrados recién nacidos, apenas se distingue entre los oscuros rojizos del barbecho, solo interrumpido de vez en cuando, por el gris sombrío que pinta en esta época los almendros.

El olor de romero y tomillo se enreda con la tierra mojada formando una orquesta de fragancias, capaz de silenciar a los pájaros que se refugian prudentes en los aleros.

Esta mañana dejaré la puerta abierta para que mi espacio se llene de esa húmeda romanza y despeje así la calidez espesa de la noche.

 

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Iniciación

Lo más cerca que había tenido el Jazz, fue en aquel cumpleaños cuando dos de sus amigos, sin saberlo, coincidieron en regalarle una orquesta. Iba desembalando paquetes y la casa se llenaba, por momentos, de músicos en escayola o resina, todos negros. Los unos con traje negro y bombín, bajitos y rechonchos, acompañaban con sus instrumentos a una cantante enfundada en su vestido blanco del que pretendían escapar sus carnes redondas; los ojos cerrados y el micrófono delante de una boca enorme por la que asomaban unos limpísimos dientes blancos. Los otros, más esbeltos, vestidos de colores distintos y sinBárbara Hendricks sombrero. El pianista con unas enormes gafas negras. Al batería, parece que le quitara movilidad la chaqueta y la tiene colocada en la silla detrás de su espalda. Al contrabajo está el de mirada triste y al saxo, un hombre con ojos cerrados y mofletes hinchados. En esta, son dos los cantantes, un hombre y una mujer, el, alto y delgado con pelo pincho y ella, también finísima en un vestido negro con una abertura hasta la cadera. Las dos bocas abiertas en una nota interminable como la que sale ahora de las cuerdas bocales de Bárbara Hendricks.

Siempre pensó que se estaba perdiendo algo importante con el Jazz, y hoy se lo confirman sus sentidos a pesar de la ovación que ha puesto en pie al auditorio.

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Tránsito

En la chimenea chisporrotea una rama de sabina. Un rato antes la hemos encontrado en el pajar del abuelo, donde dormía, entre restos de paja, más de cuarenta años, a la espera de un cenáculo que caldear.

Arde gustosa, sabedora sin duda, de haber corrido mejor suerte que sus parientes cercanas, que después de tranquilizadas con la protección de existencia y territorio, irrumpirá en su descanso un regimiento de molinos de viento, de aquellos que trastornarían a cualquier quijote por muy cuerdo que llegara a su presencia.

Con el calor que desata la teda ardiente se esfuman aciagos momentos de un año que termina, y el aroma de su madera encarnada, acomoda en nuestra memoria instantes afortunados de un pasado sin permuta.

La obra efímera, cálida y violenta, que el leñoso corazón regala a nuestras miradas, embadurna con colores las copas de cava por las que entramos, de manera irreversible, a un año bisiesto.

Año de ajustes y medidas correctoras que se instalará en nuestra vida, disipará neblinas e incertidumbres y nos surtirá de perfume.

Cientos de sabinas quedan por respirar.

Sabinas, Alpuente
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Confidencias

La primera vez que yo me senté en esta cama, tampoco me llegaban los pies al suelo, como te pasa a ti ahora.

Cuando tu padre nació, la abuela le dio a luz aquí, como me había dado a mi, porque antes se nacía en casa ¿sabes?, no en le hospital como se nace ahora. Se puso enferma después del parto y no se levantó de la cama en mucho tiempo. Yo, me acercaba despacito, si estaba despierta me subía a su lado, le colocaba un almohadón en la espalda y me sentaba con ella para que me cepillara el pelo.

Me gustaba que tu abuela me peinase y me hiciera trenzas.

-¿Tenías seis años?- pregunta la pequeña balanceando los pies entre las patas de la cama.subudlife.com/albums/Susilowati/3624_Secretos...

-No, tenía cinco.

-Y ¿Cómo subías? ¿Eras más alta que yo?

-Nadie es más alta que tú, eres la niña más alta del mundo. Subía como has hecho tú, de un brinco.

-¿Te dejaba dormir con ella?

-Estaba enferma y tenía que dormir solita.

-Pues a mi los papás si que me dejan, me gusta dormir con ellos. Y ¿sabes que?

-Dime cariño- y se acomodan las dos, una frente a la otra, para contar esos grandes secretos que crecen la vida de una y llenan la de la otra.

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