Archivos Mensuales: marzo 2008

Liturgia

Cada viernes por la noche hacía lo mismo, le costaba un par de horas engalanarse. Primero un baño de espuma que liberara su cuerpo del cilicio laboral, para luego untarlo, en inacabable letanía, de lociones y tónicos con promesas redentoras. Un rato más frente al espejo del ropero, eligiendo con cuidado vestidura que cubriera con pretensión su cuerpo resucitado. Acabado el ritual salía.

Los escasos metros que separan su casa de la sala de fiestas, los andaba cada fin de semana con el mismo propósito, encontrar un alma bondadosa que concediera indulgencia plenaria a su soledad.

Se acomodaba siempre en el mismo rincón de la barra, y miraba a los parroquianos en busca de novedades, mientras el barman, con la habilidad de un campanero, le preparaba el san francisco que alegraba su espíritu como agua bendita.Reflexión  (Herel)

Cruzaba miradas y sonrisas con los mismos feligreses de cada sesión, incluso bajaba a la pista y abandonaba su mente en comunión con la música. Pero una vez más, terminaba consumiendo la noche, la confesión de algún arrepentido, que buscaba como ella, cumplir su penitencia con menos sacrificio.

Y volvía de nuevo a la soledad de su casa reflexionando, como peregrino que pierde la fe, si era el culto adecuado o había de plantearse finalmente la apostasía.

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Embate

La espera en un hospital invita a las confidencias. En los últimos meses, las pruebas de la enfermedad que padece su padre, les han traído varias veces. Cada una de ellas, han aguardado su turno al lado del estanque del patio central, donde están ahora.

Sentado, frente a la serenidad de los nenúfares, se enteró un día que a su madre, los abuelos, no la dejaban casar porque habían concertado un matrimonio distinto el día que nació; y que para escaparse de eso le engendraron a él. Aun aparece un punto de rubor en sus mejillas, cuando recuerda, como uno de los días las grandes hojas flotantes le transportaron al Nilo, y se escuchó contándole a su padre, el emocionante momento en que Marta le anunció su embarazo.

Hoy la espera es distinta. Pablo nace. Al parecer no trae muchas ganas, llega de nalgas y ha empujado a su madre a una cesárea.

Está nervioso, el entusiasmo no le deja parar. Su padre ha insistido en bajar al estanque.

– ¿Ahora papá?

– Si hijo, tengo algo que decirte

En la máquina de la sala de espera el café sale turbio y amargo, pero hoy no importa; un sobrecito de azúcar lo endulzará y lo hará delicioso, como a su vida Pablo.

– Está bien, te escucho – dice con la taza entre las manos.

– Esta mañana, me han llamado para comunicarme los resultados de las pruebas -empieza su padre sin apartar la mirada del estanque.

– ¿Es grave? –interrumpe inquieto al ver la desencajada cara del viejo.

– Es genético, -le contesta- afecta a los varones de generaciones alternas.

El grito de dolor, del nenúfar, ha roto el silencio de la sala de espera. Una cucharilla apuñalaba sus hojas al entrar con brusquedad al fondo del estanque.
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Trivial

La ventana abierta de par en par ayuda a soportar las noches calurosas del verano. Afuera, justo delante, la pared trasera de la casa de enfrente. En ella, dos ventanas que dan al Norte, cerradas; siempre cerradas a cal y canto. A la derecha, una pequeña con dos hojas de cristal ahumado al lado de una rejilla de ventilación, y a la izquierda, un gran ventanal de casi tres metros de ancho con dos enormes cristales transparentes, limpísimos, que revelan los bordados de un lienzo color crudo que cubre el interior. Y que siempre está echado.

En los cuatro meses que lleva viviendo en la casa jamás ha visto esas ventanas abiertas. A veces pensó que estaba deshabitada, o que tal vez sus dueños anduvieran de vacaciones. Tampoco nunca había llamado su atención la cortina, hasta hoy, hasta esta noche. Mirarla le da frío. La elegancia con que cuelga tras el cristal permite imaginar una cuidada y hermética decoración interior. Pero huele a frío. Como si de un telón de acero se tratara, imposible de recoger, pesado telón enclaustrador.

Es viernes y hay partida de Trivial. La suerte la ha colocado en el lado corto de la mesa del salón, frente a la ventana abierta mirando al Sur. Empieza el juego. Dos equipos de dos. Las cervezas frías y los ceniceros limpios rodean el tablero.

─ Nosotros el amarillo, que nos da suerte.

─ Lo que quieras ¡Venga, lanza el dado! ¡Hoy no vais ni a respirar!

En la calle la noche está silenciosa, la ciudad parece dormida; por un instante el ambiente se llena del reggaetón y el aroma de fiesta que desborda la radio de un coche al pasar bajo la ventana. Y otra vez el silencio.

─ Tres ¡Marrón!

─ ¿Quién fue el autor de “El Diablo Mundo”?

─ ¡Uf! ¡Bien empezamos!

Silencio.

─ Espera, espera. No me des pistas que me lías más.

─ ¡Lo sé, lo sé!, Espronceda, José de Espronceda.

─ ¡Ño! Cómo empiezan estos. Bien, tira otra vez.

Enfrente se enciende una luz tras el ventanal. Su mirada sale del tablero, de la mesa, del salón. Cruza la calle y se posa en un rosario de estrellas diminutas que aprovechan el calado del tejido para salir a la libertad de la noche. Sigue leyendo

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Nutrición

Una vieja, que hacia punto sentada en un carasol, se encargaba de custodiar los tres árboles frutales de un descuidado jardín. Una tarde llegó una joven hambrienta y le preguntó si podía coger algo de fruta.

-Si, claro, puedes comer cuanto quieras, –dijo la vieja- pero elige bien, cuando hayas probado la fruta de un árbol ya no podrás hacerlo de otro.

-Y ¿Cuál es la diferencia?, –preguntó la joven- los tres parecen iguales.

-Lo son, -contesto la anciana- los tres son de la misma especie, la misma variedad y fueron plantados en la misma época. La estación en que maduran sus frutos es lo que varía. Uno, es el árbol del pasado y su fruta podrida te dañaría el estómago; otro, es el del futuro y la acidez de su fruta verde llenaría tu boca de llagas; sólo un árbol, el del presente, tiene la fruta sabrosa y madura. Tú eliges el árbol del que alimentarte.

La joven se acercó a uno de los tres y le pareció el adecuado, sus frutos tenían el color rojizo de lozanía y la luz del atardecer daba a su piel una brillantez apetitosa. Cuando se disponía a coger una pieza, un sabor fresco y dulce le vino a la boca, sus papilas Árbol de la vida (Norma Chávez Pérez)recordaron gusto y textura. Un instinto la contuvo, ¿acaso la había comido ya? Decidió entonces acercarse a los otros dos y contemplar las frutas antes de hacer elección. En el siguiente, los rayos de sol se colaban entre las hojas envolviendo los frutos en destellos de colores. Bocados sabrosos, tentaciones tan apetecibles que a punto estuvo de alargar la mano y alcanzar una; algo la frenó, su olfato no encontró ningún estimulo, echaba en falta el aroma. Se dio la vuelta y miró a la vieja esperando en su cara una señal, pero seguía haciendo punto con la cabeza agachada sobre las agujas. Se arrimó entonces al tercero, en cuanto entró bajo sus ramas reconoció la fruta madura, alzó su mano y tomó una pieza, al primer mordisco sus cinco sentidos se batieron en palmas. Saboreó una tras otra hasta que sació su apetito.

Quiso dar las gracias a la vieja antes de irse, pero ya no estaba, en su lugar había una hermosa bufanda, la colocó alrededor de su cuello y salió esbozando una tímida sonrisa.

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Primera página

Probablemente este sea el principio de algo que tengo entre manos, me gustaría que me ayudaseis con vuestra crítica. Gracias.


 

“Venid a mi casa en cuanto podáis, es urgente.”

Dobla el papel y retiene la solapa mientras calienta la barra de lacre, deja caer unas gotas sujetando el pliegue y con sumo cuidado, estampa el sello de la sortija que heredó de su padre. Sale del gabinete con la carta en sus manos.VIEW OF DELFT - 1660-1661

-¡Pieter!

-Sí, señor.

-Llévala a la Oude Langendijk, entrégasela a Van Vermeer y espera respuesta. No te entretengas.

-Si señor.

Es una fría tarde de invierno. Las aguas de Molslaan siguen heladas a pesar del sol que lució durante la mañana. Dos hombres salen de la taberna “de Vliegende Vos”, cerca de la Plaza del Mercado, embutidos en sus capas y con el sombrero de fieltro calado hasta las orejas. Pieter calza zuecos, camina deprisa y seguro sobre el hielo. Tiene los pies entumecidos de frío y las manos rojas de sabañones. Le castañean los dientes y su aliento se congela. El pobre jubón de retorta apenas protege sus huesos de las bajas temperaturas. Van Leeuwenhoek, prometió regalarle una capa en paño de lana por ayudarle con el vidrio, pero no lo ha hecho, seguro que habrá ahogado su promesa en una jarra de cerveza. Le gustan las tardes que Guillermo Keuter le envía a casa de su amigo en la esquina de Leeuwenpoort, a veces vuelve con los dedos abrasados de tanto frotar lentes con arena de cuarzo. Horas y horas aplicando el mismo movimiento circular.

─El pulido ha de ser firme y delicado ─le indica Leeuwenhoek─ Debes sentir el vidrio en tus manos como el cuerpo de una mujer a la que amas. Leerlo con las yemas de los dedos. Conocerlo y desterrar esa idea confundida de frialdad. Percibir sus elementos, cautivarlos. Iniciar entonces un cortejo llenándolo de requiebros y caricias; que se sienta el más deseado de los cuerpos y se abra para ti. No olvides su fragilidad a pesar de la dureza y trátalo con energía pero con suavidad.

Un estrecho callejón le lleva al principio de Oude Langendijk, la calle donde viven los Vermeer desde 1654 … Sigue leyendo