Archivos Mensuales: abril 2008

Fragmento

      Por la tarde se viste su chándal y sube al andamio. Lo han colocado en el salón. Armada con una picoleta comienza a picar las paredes, dos paredes que dan a la calle. Lo decidieron anoche, cuando ya solos, cansados por la dura jornada, se quedaron mirando el desconchado por el que aparecía una piedra grande y blanca; al instante coincidieron en que eran sillares que había que destapar. De vez en cuando Néstor entra al salón y sube con ella, poco a poco las van desnudando. El encierro de más de cien años en cemento no ha robado ni un ápice de dignidad a cada bloque.Sant Jordi Con cada cascote de encalado que cae al suelo la pared va respirando, cobrando vida. Cada sillar muestra orgulloso los golpes de pico con que el picapedrero lo recortó en la cantera. Tantos años de personalidad reprimida, tantos de belleza escondida. ¡Ni uno más! No serán ellos quienes la censuren, no cubrirán ni una mueca, le devolverán ese carácter arrogante, esa regia humildad que nunca debió ser violada. Porque así va a ser la casa, libre. Ella tendrá la gentileza de habitarles y ellos la correspondencia de habitarla.

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Una de “Dardos”

“La I Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

Esta semana, dos generosos amigos, Ángeles Jurado y Alexis Ravelo, han tenido a bien sorprenderme con su Dardonominación. Tengo entendido que, copiando el texto de arriba en una entrada y añadiendo sus enlaces en la misma, he de nominar yo ahora a quince blogs de entre mis favoritos, cuyos autores pueden, asimismo, nominar a otros quince cada uno…

Vayan, pues, con un fuerte abrazo, mis preferidos:

Sinaja tiene quien le escriba
Ceremonias
Nueve puertas
Buenas intenciones
Insula Negra
Cadáveres bien parecidos
Señales de humo
Batido de estricnina
Duda razonable
La vela y el vendaval
Los ojos de Peter Pan
Tangos, princesas y aullidos sin herida
Encorazonado
El ignorante atrevido
Más que palabras

Consciente

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigada, decidí seguirme. Colgaba de mi brazo una bolsa de papel, de esas comerciales con el asa dura. Bastante usada por cierto, hace tanto que no voy de compras que no la renuevo. Se apreciaba, por los pliegues, que dentro había un pequeño objeto de poco peso.

Doblé la calle y enfile por Bravo Murillo con una rapidez que me sorprendió. No se me notaba el cansancio de toda la mañana pateando la ciudad en busca de trabajo. Llamando a puertas y más puertas, para escuchar siempre la misma respuesta: Lo sentimos, su perfil no reúne las condiciones que necesitamos. Volvía tan agotada que no sé de donde salió esa energía.

Unos pasos por detrás me vi la espalda, mi delgadez empezaba a ser preocupante. Los tirantes de la camiseta verde que llevaba puesta, descubrían mis hombros huesudos. Ni siquiera los rígidos vaqueros ocultaban mis piernas famélicas. Tendría que hacer algo, no podía seguir así. ¿Cuánto se resiste con una comida diaria?

Al final de Bravo Murillo está la tienda de muebles que tanto me gusta, seguro que por mucha prisa que llevase también me paraba. A si fue. Una vez más observaba esos preciosos cuadros para la cocina de mis sueños. Tres cerámicas con pinturas de legumbres, tan realistas que incluso se huelen a través del cristal. Bajé la mirada al suelo para seguir caminando, cada día mis ilusiones estaban más lejos.www.percepnet.com/cien06_06.htm

Tomé la calle de la izquierda, la que pasa por la puerta del Cuyás. Ya no entro a coger el programa como hacía antes. Venía por lo menos una vez al mes. Mi sueldo, siempre escaso, me concedía pocos caprichos, pero en lugar de salir a cenar sola, me gustaba venir al teatro. Me permitía una obra de vez en cuando, era mi recompensa. Ahora pasaba de largo.

Encontré rojo el semáforo que atraviesa la carretera del centro. Un par de peatones esperaban conmigo. Una señora mayor situada a mi derecha y que agitaba con tanta fuerza su abanico que el aire llegaba a mi nuca despejada. Y un señor leyendo el periódico, del que no levantó la vista ni cuando aquella ambulancia pasó a toda velocidad con la sirena encendida.Me pareció extraño el camino que llevaba en esa tarde de calor. Solo en una ocasión había cruzado al barrio de enfrente, a Vegueta. Los de mi clase no podemos vivir en el. Las viviendas son edificios regios, palacetes de cuando llegaron los castellanos y fundaron la ciudad. Calles adoquinadas que confluyen todas en la Plaza de Santa Ana, donde se concentran las mejores tiendas. Establecimientos de lujo en los que nunca podré los pies.

Mientras se ponía verde, con la mirada en el suelo, como buscando la dignidad que me parecía haber perdido con el trabajo, me di cuenta de lo que en ese instante pasaba por mi cabeza. Un alegre recuerdo. Sin embargo, no tenía la fuerza suficiente para colocar un gesto emotivo en mi cara amargada. Evocaba aquella ocasión, cuando, por primera y única vez en mi vida, me permití un capricho caro. Fue en aquel paseo por Vegueta, acababa de cobrar la paga extra y la dejé entera en una joyería. Compré el anillo más hermoso que he visto nunca y me lo regalé como si un espléndido pretendiente hubiera pedido mi mano. Después me dio vergüenza usarlo y lo guardé en el cajón de mi mesita. Y allí debe estar, hace tiempo que ni lo saco de su estuche, cada vez que lo miro lamento haber caído en la tentación de comprarlo.

Cogí la calle Ruzafa, dirección centro. Que curioso, justo la misma donde adquirí la sortija. Pero esta vez no me detuve, continué caminando unas manzanas más sin saber a donde me dirigía. De repente, casi a las afueras del barrio, me paré en un portal. Un cartel amarillo que colgaba de uno de los balcones, anunciaba en letras grandes y negras: “Compro oro y joyas”. Mirando con tristeza al interior de la bolsa abrí la puerta y entré.

Entonces comprendí a que había venido, pensé que era algo que debía hacer sola y decidí esperarme afuera.

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Desconcierto

Recuerdos, Picasso

 

 

 

Soñé que mientras dormía, un ladrón asaltaba mi memoria. Me dejaba sin pasado cargando en su saca mis recuerdos, y me cubría de olvido.

Al despertar descubrí el pasado, que ileso, me había olvidado a mí.

 

 

 

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… página.

 

Os lo advertí. Ahí va otro pedacito de proyecto. Espero vuestra crítica.

 

Un precioso tapiz de más de tres metros de anchura, protagonista indiscutible en la decoración del salón, cuelga de una de las paredes. Una escena en la isla de Cranae. Flores y frutos carnosos, cariátides y amorcillos tejidos en seda y lana, son testigos de la declaración de amor entre Paris y Helena, que, ajenos a los soldados del fondo, descansan en primer plano sentados bajo un árbol. El sonido del agua se funde con hilos de plata y oro en las manos del serafín que corona la fuente, y que discreto, les mira desde atrás.

Pieter le ha pedido que espere después de hacerle pasar, y la belleza de Helena de Esparta le mantiene absorto frente al paramento.

─He oído decir que pintó un poema.─ Exclama el joven Guillermo irrumpiendo en la habitación.

─¿Cómo dice?─ pregunta Johannes distraído.

Arrogante y airoso, cruza la estancia sin mirar a Vermeer. En la mano lleva una pipa. Una varilla fina de madera reposa de pie en los azulejos blancos y azules que rodean la chimenea; la toma con su mano libre y la acerca al fuego encendido. Varias velas de sebo chisporrotean en la repisa.

─Hermosa ¿verdad? ─señala eludiendo las palabras del pintor y refiriéndose a la mujer, sin esperar respuesta continúa. ─Sorprendente lo que puede hacer un hombre enamorado de una mujer, ¿no cree? Y si además de bella, es inteligente, le someterá a sus deseos y quedará reducido a sus pasiones.

Acerca a su pipa la varilla encendida y mientras aspira busca con su mirada a Vermeer. ─¿Es eso lo que le sucedió a usted?

─ No sé de qué me habla.─ señala confundido el pintor.

─ Sí hombre, sí ─ dice Guillermo apagando de un soplo la varilla. ─ Hablo de ese cuadro suyo, creo recordar que lo llamó muchacha con turbante. ─Vermeer, molesto, hace intención de intervenir, pero nuevamente el joven le interrumpe─ Cuentan que quiso escribir unos versos para decirle en secreto que la amaba. Que se rindió ante sus ojos, que la joven mirada le dio vértigo…

─¡No toleraré …! ─comienza irritado el pintor, de nuevo su anfitrión impide que continúe.

─Tranquilo, no le he pedido que venga para juzgarle. Ni quiero, ni tengo autoridad para hacerlo. Además, ─continua Guillermo acercándose y mirándole a los ojos ─ el hecho de valorar su conducta le facultaría a usted a criticar la mía, y créame, ahora mismo no me apetece en absoluto que nadie lo haga. Sigue leyendo

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