… página.

 

Os lo advertí. Ahí va otro pedacito de proyecto. Espero vuestra crítica.

 

Un precioso tapiz de más de tres metros de anchura, protagonista indiscutible en la decoración del salón, cuelga de una de las paredes. Una escena en la isla de Cranae. Flores y frutos carnosos, cariátides y amorcillos tejidos en seda y lana, son testigos de la declaración de amor entre Paris y Helena, que, ajenos a los soldados del fondo, descansan en primer plano sentados bajo un árbol. El sonido del agua se funde con hilos de plata y oro en las manos del serafín que corona la fuente, y que discreto, les mira desde atrás.

Pieter le ha pedido que espere después de hacerle pasar, y la belleza de Helena de Esparta le mantiene absorto frente al paramento.

─He oído decir que pintó un poema.─ Exclama el joven Guillermo irrumpiendo en la habitación.

─¿Cómo dice?─ pregunta Johannes distraído.

Arrogante y airoso, cruza la estancia sin mirar a Vermeer. En la mano lleva una pipa. Una varilla fina de madera reposa de pie en los azulejos blancos y azules que rodean la chimenea; la toma con su mano libre y la acerca al fuego encendido. Varias velas de sebo chisporrotean en la repisa.

─Hermosa ¿verdad? ─señala eludiendo las palabras del pintor y refiriéndose a la mujer, sin esperar respuesta continúa. ─Sorprendente lo que puede hacer un hombre enamorado de una mujer, ¿no cree? Y si además de bella, es inteligente, le someterá a sus deseos y quedará reducido a sus pasiones.

Acerca a su pipa la varilla encendida y mientras aspira busca con su mirada a Vermeer. ─¿Es eso lo que le sucedió a usted?

─ No sé de qué me habla.─ señala confundido el pintor.

─ Sí hombre, sí ─ dice Guillermo apagando de un soplo la varilla. ─ Hablo de ese cuadro suyo, creo recordar que lo llamó muchacha con turbante. ─Vermeer, molesto, hace intención de intervenir, pero nuevamente el joven le interrumpe─ Cuentan que quiso escribir unos versos para decirle en secreto que la amaba. Que se rindió ante sus ojos, que la joven mirada le dio vértigo…

─¡No toleraré …! ─comienza irritado el pintor, de nuevo su anfitrión impide que continúe.

─Tranquilo, no le he pedido que venga para juzgarle. Ni quiero, ni tengo autoridad para hacerlo. Además, ─continua Guillermo acercándose y mirándole a los ojos ─ el hecho de valorar su conducta le facultaría a usted a criticar la mía, y créame, ahora mismo no me apetece en absoluto que nadie lo haga.

Se dirige de nuevo a la chimenea. En su cara una mueca de satisfacción. Con un leve movimiento de su mano, ofrece una silla cercana al fuego a su invitado.

Vermeer, desconfiado, duda un instante entre aceptarla o excusarse y salir. Le incomoda tanta insolencia. Resulta extraño que su amigo Leeuwenhoek no aludiera a esa desfachatez cuando le aconsejó que escuchara la propuesta de Guillermo: un ambicioso proyecto de inversión en obras de arte para el que necesita la colaboración de un experto. Él mismo le había recomendado como el mejor marchante del gremio de San Lucas. También habló de sus excelentes cualidades como artista, cualidades por cierto, según le dijo, que parecieron interesarle incluso más que las primeras al joven inversionista. No eran buenos tiempos para la economía del pintor, al que la muerte repentina de su patrón había dejado sin encargos, por ello agradeció el apadrinamiento a su amigo, y por lo mismo cederá ahora, aceptará la silla, no sin cierto recelo, y se sentará frente a la chimenea.

Guillermo es un hombre de mediana estatura y extremadamente delgado. El cabello largo y negro le oculta los hombros que se deducen huesudos, delicados rizos caen en perfecta armonía por una espalda, tan erguida, que parece obligada por un corsé. Las manos menudas apenas se ven entre los enormes puños de encaje que adornan las mangas de su camisa. La piel de la cara blanca y suave, sin sombra alguna de pelo en el mentón. Afilada y precisa ha de ser la navaja que rasura esa barbilla, piensa Johannes. Pero lo que inquieta de él es la mirada, tiene unos ojos grandes y oscuros que apenas pestañean. Escudriñadores, de contemplación analítica y calculadora en un momento, o seductores y femeninos en otro.

─Siéntese por favor. ─insiste─ No tema. No voy a importunarle.

Vermeer toma asiento. Una silla de brazos tapizada en tonos azules, cercana a otra exactamente igual en la que se acomoda Guillermo. Junto a cada una de ellas, sobre la alfombra persa que se extiende hasta la mitad del salón, un escabel.

Guillermo vuelve a fumar de su pipa cuando parece caer en la cuenta: ─Disculpe mi falta de hospitalidad, tal vez le apetece beber algo. ¿Un refresco? ¿Un vino? Dígame qué se le antoja.

─Preferiría saber por qué estoy aquí, si no le importa ─apunta inquieto Vermeer desde el borde de su silla.

─Perdone, quizás tenga usted prisa. Le pedí que viniera por sugerencia explícita de nuestro común amigo Van Leeuwenhoek. Le conoce, ¿no es cierto?

─Sí claro. Somos buenos amigos desde hace tiempo.

─Pues bien, ─continúa Guillermo─ tengo necesidad de contratar los servicios de un especialista en pintura, y Antoni no tuvo más que elogios hacia usted cuando le pedí opinión.

─No parece que le falte conciencia en esa disciplina ─comenta Vermeer, al que, la sola mención de su amigo, le ha dado cierta confianza y se arrellana en la silla con relativa comodidad. Gesto que no pasa inadvertido a la mirada especulativa de su invitador que esboza una sonrisa de aprobación.

─No, no crea amigo mío, se equivoca. Necesito saber cuando y por qué es buena una obra. Yo, a lo sumo, sé si me gusta. Mis progenitores se esforzaron en que no me faltara dinero para adquirirlas, pero no les importó que careciera de conocimiento para valorarlas. Ahora pretendo iniciar una empresa que requiere esa facultad, y no voy a renunciar a ella por mi ignorancia, es por eso que necesito de alguien como usted. Digamos que mi capital precisa de su talento.

─Sinceramente, la refinada decoración de esta sala parece decir lo contrario. ─advierte Johannes, visiblemente más sereno y confiado.

─Bueno, ─comenta afable Guillermo─ para ello he contado con el inestimable juicio de nuestro amigo; tantos años rodeado de los mejores tejidos han hecho de él un entendido, reconozco que tiene buen gusto, ¿no le parece?

─Por supuesto ─asevera el pintor, y continúa─ Entonces dígame ¿Cómo puedo ayudarle?

─Calma caballero, no hay prisa, ya iré dándole detalles, ─dice Guillermo tratando de disipar la tensión con que había comenzado la entrevista─ antes por favor, hábleme de usted y de su pintura.

Johannes Vermeer de alquiler
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4 pensamientos en “… página.

  1. Javier HF dice:

    Interesante. De momento sólo puedo decir eso porque…¡estoy del tingo al tango en mi casa!
    Te aportaré lo que pueda Trini. Tras un primer vistazo me llegan los diálogos, la situación croe que está conseguida pero hay algo en, digamos, el decorado que no me llega tanto. Quizás no lo veo del todo después del cuadro de Helena y Paris. ¿Cómo es el taller o la casa de Guillermo?¿O la de Vermeer?Disculpa por no estar al 100% de atención.

    Un besote!

  2. Benita dice:

    Da la impresión como si ya la historia comenzara a andar, que ya arrancó, que es lo más difícil de conseguir. Yo, en narrativa, no puedo aportarte grandes cosas, sólo decirte si me gusta o no, y en este caso me gusta. Consigues que los personajes sean reales, que veamos como son; por ejemplo, tengo ya una imagen de Guillermo y Vemeer, en cuanto a su personalidad.

    Un abrazo!

  3. maruja dice:

    Me intriga si puede aparecer algún diálogo expresado por personajes femeninos. Leer esta segunda entrega ayuda a entender que el trabajo va a buen ritmo. BESOS Y SUERTE.

  4. […] más de ocho años cometí un gran error y lo hice público, dos veces, lo siento. Pero no, el error no fue contarlo para comprometerme sino pretender abordar un […]

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