Archivos Mensuales: enero 2009

Paciencia

Desde que se jubiló ha cambiado su rutina pero no ha modificado su hábito. En lugar de acudir a la biblioteca de la facultad entre una y otra clase, ahora pasa sus horas libres en la biblioteca pública. Un sillón orejero, de cuero cuarteado y rojizo, que parece conservar la calidez que él mismo ha dejado el día anterior, se ha convertido en compañero inseparable de las tardes en los últimos meses. Le gusta estar rodeado de libros, palparlos, sentir su olor, que le hablen. Sobre todo, le gusta zambullirse en las biografías, curiosear la vida de filósofos, de científicos, de astrónomos. Saber cómo pensaban, cómo obraban, cómo fue su vida y qué parte de ella dieron u obtuvieron de las matemáticas, su verdadera pasión. Ha vivido por y para los números desde que los descubrió en la infancia.

Nunca se sintió un hombre solitario, pero lo cierto es que, salvo si encuentra un ex alumno, no tiene con quien compartir sus recuerdos. Justificó su soledad con el poco espacio que queda para el amor en un corazón lleno de fórmulas. Ni siquiera quiso amigos, de carne y hueso, más allá del campus. Viajaba solo, movido siempre por algún interés científico, y se enviaba postales de los lugares que visitaba para tener otra correspondencia que no fuesen facturas o extractos bancarios.

Hace una semana que, un par de horas antes de irse a casa, un aroma fresco de lavanda que no sabe de qué lo recuerda, reclama su atención y sin pretenderlo saca su mente del libro. Su mirada, en una reacción instintiva, se despega con pereza de las letras y se vuelve en dirección a la salida. Alcanza a ver el final de un morado pañuelo de seda, ondeando al viento de la puerta abierta, antes de desaparecer.

Hoy, está dispuesto a averiguar de quién es el olor y el pañuelo que le quita el sueño las últimas noches. No sabe porqué pero lleva unos días que todo huele a lavanda, que sólo ve luces moradas, que se sueña atado a un pañuelo de seda, recostado a un pañuelo morado de seda. Que cierra los ojos y un brillo morado lo envuelve en lavanda. Por primera vez en su vida pierde la concentración de un libro para fantasear con un pañuelo de seda.

Ha cogido una biografía, por supuesto, aunque sabe que esta tarde no podrá centrarse en su lectura, el único sentido que tiene en alerta es el olfato. El libro se abre al azar por una página en la que, algún extraño lector con sus mismas pasiones, dejó olvidada una vieja postal. Presenta una imagen de la nueva biblioteca de Alejandría. La reconoce al instante porque la visitó en su viaje a Egipto. Quería ver el mismo cielo que había despertado el sentimiento filosófico de Hipatia la hija de Theón, la misma de la que habla el libro que tiene en sus manos, y pasó unos días en Alejandría.

Con curiosidad, casi aburrida, mira el reverso de la postal. Fue enviada desde el Cairo en abril de 1980, casualmente la misma época en la que él anduvo por allá. Va dirigida a una tal María Teresa Gómez Lezcano y a una dirección que reconoce en la ciudad, pero que no existe desde que quisieron suprimir símbolos represivos y cambiaron el nombre de algunas calles; como si borrar la memoria fuera tan fácil.

En el cuerpo de la postal una frase, curiosa y precisamente, de Hipatia: “Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar”, y una pequeña firma casi ilegible, sin rúbrica, Mayte. Sin una despedida, sin un beso, casi una sentencia; como le gustaba despedirse a él.

Una repentina desazón ha invadido su cuerpo, se siente inquieto. No reconoce ese estado de ánimo. El viejo profesor se está poniendo nervioso, piensa mientras sonríe para sus adentros, un familiar olor a lavanda encamina su mirada a la puerta de salida, y de nuevo el reflejo morado de un pañuelo de seda es todo lo que alcanza a ver. En un impulso inédito se pone en pie. Deja pereza y rutina en el sillón orejero y sale a la calle.

Una mujer madura, en medio del paseo de la entrada, vuelve sobre sus pasos en busca del pañuelo de seda que el viento ha arrancado de su cuello y ha dejado enganchado a uno de los rosales. Ambos llegan al mismo tiempo al rosal. Permítame alcanzarlo”, dice el profesor, y ella se ruboriza y le da las gracias. Cuando le entrega el pañuelo y mira sus ojos, tan hermosos como el cielo de Alejandría, en un arranque de valor se atreve a decir:

Lorenzo Martín, para servirle.

Lo sé contesta la dama, María Teresa Gómez Lezcano, pero puede usted llamarme Mayte.

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