Archivos Mensuales: febrero 2010

Ocaso

Habían pasado del Chinchón a la Canasta en menos de un año. Resistieron la Carioca un par de meses y en otoño empezaron al Guiñote. Acabaron el verano al Julepe y hoy, reparten al Tute mientras doblan las campanas. En el silencio de los dos el mismo deseo: que sea el otro quien aprenda al Solitario.

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Top manta

Pirateó la agenda del tiempo y se condenó a la vida eterna.

http://isaruma.blogspot.com/2008/03/top-manta.html

Foto: Iruma

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Perspectiva

Ayer mi amiga tenía hora en el oculista, se preveía una visita larga porque habían de dilatar sus pupilas, la acompañé y claro, pasé mucho rato en la sala de espera.

Comparten clínica tres oftalmólogos, según atendían unos pacientes y llegaban los siguientes, la sala estaba, por momentos, llena o vacía. Los acompañantes esperaban, como yo, leyendo una de esas revistas que siempre hay en las salas de espera o hablando con su vecino de asiento. Me llamó especialmente la atención una niña que ocupaba un lugar frente al mío. Debía tener unos cinco años y estaba, acompañada de su padre, entusiasmada en la construcción de un puzle. De rodillas en el suelo llegaba perfectamente a la pequeña mesa de cristal donde tenía esparcidas las piezas. Cuando llegó su turno, le molestó tanto entrar en la consulta y dejar su trabajo a medias, que su padre hubo de consentir al salir, volver a él y terminarlo antes de abandonar definitivamente la clínica. Me recreé observándola y disfruté, casi tanto como ella, del premio emocional de haberlo conseguido. Después, con mucho cuidado al principio, llegó el momento extraordinario y colosal de su destrucción, y de volver a meter las piezas en la caja. Me gustó la disciplina metódica y organizada de su capacidad infantil y me sorprendió primero, que en la sala de espera del oculista hubiera un puzle al que no le faltasen piezas, y segundo, el cuidado que puso la niña en guardarlas todas para que continuara estando completo.

Como quiera que la visita de mi amiga se prolongaba bajé a la calle a tomar un café, por hacer tiempo, y a la vuelta entré de nuevo en la sala de espera. Algunos de los pacientes seguían allí y otros habían cambiado. Me senté en una silla libre distinta a la que había ocupado un ratito antes, desde ella,  la perspectiva que yo tenía de la sala era otra; la pequeña mesa de cristal, ahora despejada, estaba a mi lado y podía ver la estantería con los puzles destinados al público infantil. Me quedé mirando el suelo, está decorado con un hermoso mosaico de pequeñas baldosas en tonos pastel. Cuando mi vista seguía el trazado de una de las cenefas tropezó con una pieza del puzle que, extraviada, descansaba junto a las patas de la mesa de cristal.

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