Archivos Mensuales: abril 2013

Día de horno (3/3)

Colo 2012

Ilustración: Colo

(…)

Acabados de amasar, los panes, parecían hechos con un compás. Los dejaban reposando en un tablero sobre el mandil y el calor levantaba la masa otra vez. Luego los contaban para pagar la poya. Por cada docena se entregaba a la hornera un pan entero. Me contaba el abuelo que la posguerra trajo tanta hambre que algunas familias no tenían apenas para comer, muchas veces la aldea les concedía más turnos de horno y así recogían las poyas.

Entre los panes siempre se mezclaban algunas tortas. En invierno se hacían las de gazpachos para los almuerzos; estiraban una base de masa muy fina y la pinchaban muchas veces con un tenedor así no levantaba. Salía del horno dura como una piedra. Cortada en rebanadas finitas se hervía con pollo y conejo a fuego lento hasta reducir el agua y hacerse pasta. En casa los cocinaba mi padre, en ocasiones tenía rebollones y sofreía unos cuantos para añadirlos al caldo. Me gustaban esos días porque los gazpachos quedaban rojizos y más sabrosos, y porque además, en la cocina, duraba toda la mañana el olor a monte. Las tortas de almendras o nueces eran muy sencillas de hacer, se plantaban enteros los frutos por todo el pan como si fueran un bosque de pinos, la costra dura hacía de cámara y el interior quedaba tostadito y sin quemar. Desde que supe lo que mató a la mujer del tío Ramiro yo no quería comer almendras. «Pero chica, si éstas no son amargas». Las de sardinas me gustaban más. Rociaban el pan con aceite y acostaban un par de sardinas de bota, cuando la torta salía del horno las sardinas estaban crujientes y el pan blandito. Los viejos llamaban a la sardina comida de pobre; en casa de la tía Antonia aún podías comprarlas a cambio de huevos. En una ocasión, al bajar al horno, mi madre pensó hacer una de esas tortas y le pidió dos, fiadas, a la tendera; por la tarde me iba a jugar y me mandó con un huevo a pagar las sardinas. Parece que yo tenía prisa en llegar donde me esperaban mis amigos, lo lancé desde la puerta y sin dejar de correr le dije: ¡tía Antonia, el huevo que le debía mi madre! Cuando ella salió había un huevo estrellado en medio del patio, aún me reprende si lo recuerda.

Los panes crecían hasta tocarse unos con otros, entonces era el momento de meterlos al horno. Se espolvoreaba con harina una palilla de rabo corto donde entraban un par de panes. Las mujeres actuaban rápido para no deformarlos. Ponían una mano sobre la masa y, con la otra, daban un firme tirón al mandil de abajo y el pan giraba como una tortilla. Aparaban con las dos manos en un juego de malabares y lo soltaban en la pala. Quedaba redondo y perfecto, parecía magia. Con una navaja bien afilada le hacían tres o cuatro cortes. A cada corte, la masa respondía igual que si estuviera viva: se remangaba y abría una cicatriz por la que se veían cientos de celdillas como los alveolos de un pulmón abierto a sangre fría. Señalaban los panes con un sello de hojalata. «Toma, márcalos tú». La hornera esperaba con la pala grande en la boca del horno, con pequeñas sacudidas se deslizaban los panes y cambiaban de pala. Aprovechando los huecos entraban de una vez varias partidas y, cuando estaba lleno, bajaban una puerta de hierro cerrando el horno a modo de tumba. Cada hornada tardaba en cocer casi una hora. Hacia el mediodía, las mujeres metían patatas y cebollas enteras para asar a la vez que el pan. «No las toques que te quemaras». Salían blanditas por dentro y estaban buenísimas con aceite y sal.

De vez en cuando abrían el horno para mirar la cocción, y soltaba una bocanada de aire tan caliente, que como te pillara cerquita te quemabas las pestañas. El color del pan debía pasar muy lento del blanco al tostado. Pero el punto lo daba cuando al sacar una hogaza y darle la vuelta, la base se veía blanca con un ligero gris. Entonces, golpeaban despacito con los nudillos y, si la respuesta era un sonido sordo y grave de aroma caliente, el pan estaba hecho. Cada mujer recibía su pan y lo colocaba en su cesto, después lo cubría otra vez con el mandil. Mi madre se cargaba el capazo en la calle, era tan alta que, con él en la cabeza, no cabía por la puerta. Aquel día, cuando el abuelo nos vio salir, se levantó de entre los amigos, me cogió de la mano y nos acompañó a casa. Subimos despacio. Al llegar donde vivía el tío Ramiro yo quise correr pero mi madre me dio un cachete. «No seas tonta, que ya no huele». La casa tenía los balcones abiertos y se veían los muebles cubiertos con sábanas. Dos hombres vestidos de blanco pintaban las paredes, y en la puerta había un cubo de hojalata lleno de cal haciendo burbujas. El abuelo los miró como si fueran fantasmas y se puso a temblar. «Han dicho ahí abajo que se las dio él». Hablaba con nudos, me solté de su mano pellejosa y salí corriendo. Quería comer pronto porque sabía que, a la tarde cuando acabaran el pan, bajaríamos a cocer las pastas.

Del libro “Desde aquí”

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Día de horno (2/3)

Colo 2012

Ilustración: Colo

 

(…)

Comparten edificio en la plaza, frente a la iglesia, la escuela de niños, la barbería y el horno. Decía mi hermano que los días de horno, arriba en la escuela, tenían los pies calentitos y no hacía falta encender la estufa. Un vecino, a quien le tocara encender el horno, se pasaba la noche en vela quemando leña. Lo llenaba de troncos, aliagas y romeros secos ardiendo hasta blanquear la bóveda. Las losas de arena despedían calor todo el día y cocían los panes. Aun así, los rescoldos se guardaban adentro para prender algún tronco si flojeaba el calor. Dormían recostados a un lateral y cada vez que se abría la puerta, como cuando suena el despertador, las brasas se desperezaban en un larguísimo bostezo enseñando sus dientes rojos. De amanecida la hornera barría el interior del horno. Con un trapo húmedo atado a una pértiga larga sacaba los restos de la combustión: carbones, cenizas, tizones…, cualquier cosa que, pegada a la base del pan, pudiera dejarlo negro y amargo. El barrido costaba un buen rato. Mientras, llegaban las primeras masas, las mujeres pedían el turno y dejaban sus capazos por los tableros a esperar la subida. «Ya puede bajar tu madre, que no entra en la primera hornada».

Cuando la pasta dejaba de subir era momento de amasar, se ayudaban unas a otras a vaciar el contenido de sus capazos. «Apártate no te manches». Cogían con una mano cada esquina de las maseras y, entre dos, las levantaban en volandas y las dejaban caer a la mesa cubierta de harina. La masa cedía a su propio peso y se estiraba zompona en el tablero. Después rascaban la tela con una rasera. A Pilar la acompañaba su abuela, la estaba enseñando pero terminaba haciéndole los panes. Estaba tan gorda ya que si se acercaba a la mesa entorpecía el paso.

Era una suerte si un día de horno coincidía con vacaciones escolares, me dejaban pasar la mañana amasando. Con la masa tan blandita tenías que rebozar las manos en harina para limpiarte los dedos, pero podías hacer cualquier figura y luego convertirla en otra cosa. Yo sabía amasar un rollo y retorcerlo en un ocho, o deformarlo en una media luna que, juntando las puntas, terminara siendo una cesta llena de bolitas de masa. Otras veces cortaba tres tiras iguales y las trenzaba o hacía un cordón largo y finito para dibujar en la mesa. En una ocasión, Lucía, amasando junto a mi madre, me enseñó a hacer una gallina con las dos mitades de un pan. A la primera mitad le dio un pellizquito con los dedos para hacerle un pico y, girándola de medio lado, la transformó en cabeza y cuerpo de gallina. De la otra mitad, cortándola en cuartos, sacó las dos patas y la cola. Luego con la puntita de unas tijeras le fue dando picotazos y la llenó de plumas. «Ponte aquí, que te van a dar con la pala». Hacía y deshacía hasta cuartear la masa, alguna vez conseguí una figura merecedora de entrar al horno y me la comí de merienda. Calladita, miraba a mi madre separar el puñado de masa para un pan. Me fascinaban los panes todos del mismo tamaño, no los pesaba y le salían idénticos, yo no conseguía dos dibujos iguales si no los calcaba. Empezaba entonces a aplastar una y otra vez la masa con las manos, la oxigenaba, la palmeaba y le daba golpes al tablero, la pasta se retorcía como si le doliera. Imaginaba mi trasero entre sus manos y, del susto, me salía a la calle. «Eso, vete con el abuelo».

Al lado del horno había un resol donde los viejos esperaban charrando la hora de comer, por las tardes volvían a jugar a las cartas. Apartaba el garrote del abuelo y me sentaba en sus rodillas. Llevaba pantalones de pana; me gustaba jugar a que los canalillos eran caminos y mi dedo un coche, lo conducía despacito para no salirme hasta tropezar con un remiendo de tela lisa y quedarme sin carretera. Desde la calle, las palmadas a la masa se oían con eco, y las palabras de las masanderas tan fuerte que parecían hablar para todo el barrio. «Pero si se lo hacía todo encima». «Se mueren porque se olvidan de respirar». «Pues a ella no le dio tiempo».  « ¡Hay que tener agallas!». «Sí, agallas, o poco miedo». El abuelo siempre guardaba alguna peseta en los bolsillos, yo esperaba una antes de volver adentro. «Pobre Ramiro, daba pena ver cómo la cuidaba, no lo conocía ya». La puerta del horno era de dos hojas horizontales, la de arriba estaba siempre abierta y si te colgabas en la de abajo entrabas volando como en un columpio.

Acabados de amasar, los panes, parecían hechos con un compás. Los dejaban reposando en un tablero sobre    (…)

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Día de horno (1/3)

Colo 2012

Ilustración: Colo (2012)

 

Dos veces a la semana la calle se llenaba de ritmos. Desde muy temprano el traqueteo de cedazos anunciaba día de horno. Mi padre decía que el cernido delataba a una mujer airosa. En algunas casas sonaba como repicar de castañuelas, en otras en cambio, parecía una banda de tambores ensayando un paso de semana santa.

La harina se almacenaba en grandes talegas en la despensa. Su tacto era tan delicado y sutil que si hundías la mano en el saco se retraía silenciosa haciéndote un molde. Me gustaba dejar la marca de mis dedos y volver, días después, a comprobar que aún seguía. Antes de poner la harina en la artesa, mi madre la limpiaba de impurezas pasándola por el cedazo. Se formaba un montón de polvo blanco, finísimo y tentador; más de una vez me llevé una palmada sin llegar a tocarlo. «Las cosas de comer no se tocan». Al montículo de harina se le hacía un cráter de volcán y se llenaba de agua caliente. La levadura y la sal iban a ojo y, una vez disueltas, se ligaba la harina hasta sobarla y que la mezcla no se pegara en los dedos.

Los capazos del horno eran anchos y rígidos, las mujeres los llevaban cargados a la cabeza sobre una rodilla de ganchillo rellena de lana. La de mi madre era una estrella grande de muchos colores con pequeñas borlitas de hilo adornando las puntas. Faltaban algunas que yo escondía en el cajón de mi mesita; si la cogías por una de ellas y le dabas vueltas, las rayas dibujaban espirales hipnóticas semejantes a las de un molinillo. Muchas veces la estrella salía disparada planeando a toda velocidad y la borlita se quedaba entre mis dedos. Nuestro capazo lo había hecho el abuelo con esparto, siempre andaba fascando. Llevaba el manojo en el bolsillo de su zamarra o debajo del brazo y la pleita enrollada a su cinturón. Se ponía las hebras en la boca y trenzaba sin mirar. Movía los dedos como si fuera fácil, pero cada vez que yo intentaba imitarle sólo conseguía nudos. «Cuando puedas no querrás aprender». Igual hacía serones para los mulos que fundas a la botija y si le sobraba pleita, la cosía en círculos para hacer esteras. Nos había hecho una a cada nieto con nuestras iniciales engarzadas en el centro, yo conseguí la mía firmada y por eso lleva dos emes pequeñitas al lado del asa.

En el capazo primero se colocaba un mandil, una manta abatanada de algodón a rayas, y luego, anidada en unas maseras blancas se metía la masa. El calor la hacía subir y en menos de una hora crecía hasta rebosar. Mi madre no quería meter el pan en la primera hornada, decía que estrenar el calor no era bueno porque lo cocía demasiado rápido y luego no aguantaba blando una semana entera. Antes de irme a la escuela me mandaba al horno a contar amasijos. Vivíamos en el barrio de arriba y el horno está en el de abajo. Yo bajaba la rocha corriendo y al pasar por la puerta del tío Ramiro, desde la muerte de su mujer, aguantaba la respiración para no envenenarme si quedara olor.

Comparten edificio en la plaza, frente a la iglesia, la escuela de niños, la barbería y el horno. Decía mi hermano que los días de horno,   (…)

 

(Del libro: “Desde aquí”)

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