Archivos Mensuales: enero 2014

De memoria

Los abuelos vivían en una de esas casas grandes de piedra roja, las de allá arriba por la calle Canal, saliendo hacia el camino de los cerrillos. Cuando entrabas a su casa, el olor a rancio amable de jamón añejo, te desataba el hambre. “Ponle algo de merienda”, ordenaba el abuelo. “No es hora”, pero la abuela arrastraba sus albarcas hasta la despensa y me traía un platito con tajadas. “No se lo digas a tu madre que me renegará si no cenas”, y me sentaba a la mesa. “Cómetelas con pan”. Pasaban su vida en la cocina, una habitación interior, sin ventanas. “Ni entra el frío, ni se oye en la calle lo que hablamos”. Las paredes estaban pintadas de cal con azulete y en los brochazos podías llevar la cuenta de los años con más fidelidad que en el calendario colgado al lado de la radio. De vez en cuando, el aplomo irregular de los tabiques de yeso, se interrumpía con la imagen de un santo. Creo recordar a san Antonio. Tal vez pienso en san Antonio porque la abuela siempre andaba con su responso. Se sentaba delante de la lumbre, con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza entre las manos y la mirada en los colores del fuego… “Si buscas milagros, mira; muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos…” Cada día tenía una excusa para rezar a san Antonio. Si una oveja estaba de parto o había perdido el cordero y se tenía que limpiar, le echaba un responso. Si ponía una clueca a empollar sus huevos o destetaba una cría de cochinos, se lo encomendaba al santo. Pidiéndolo con devoción se obraba el milagro.

El otro lado de la chimenea era el sitio del abuelo. “Ven que te dé lección”, me decía cuando acababa de merendar, “y no le hagas caso a la abuela, no ves que se le va la cabeza”. Me pasaba lección de lectura y de cuentas mientras desgranábamos maíz en un capazo de esparto. Sus lecciones siempre terminaban con algún pasaje de la guerra. Esa cosa tan fea que más vale que no volvamos a ver. Lo reclamaron para volver al cuartel, dos semanas después de su licencia. Había tenido el tiempo justo de casarse, y solo vio una vez más a su mujer en los siguientes tres años. En el frente de Teruel una bala le cortó un dedo. Estuvo un mes en el hospital y una semana en casa antes de volver a las trincheras. “¿Por qué le cuentas eso a la chiquilla? Luego no duerme”. A su vuelta, mi tío tenía dos años.

Al fondo de la cocina, entre las dos alacenas, estaban las cantareras. “¿Abuela, le traigo agua?”. “No hija, no, que tengo los cántaros llenos”. La abuela ya no sacaba los cántaros para ir a la fuente, los llenaba haciendo viajes con garrafas más ligeras. “Mis huesos ya no me siguen, con lo que yo he sido de moza”. Y se ajustaba, con un par de nudos, el pañuelo de la cabeza. Siempre era negro porque antes de salir de un luto le caía otro; pero se permitía cambiar los nudos,  los ataba a la nuca en los días de calor y a la garganta cuando hacía frío. “Mañana si hace sol me lavaré la cabeza”.

Compartiendo planta con la cocina estaba la alcoba, solía tener la puerta cerrada y la ventana junta. Para refrescar y matar el polvo, después de barrer, la abuela rociaba el suelo con un poco de agua. “Cierra la ventana que entran moscas”. “Abuela, pero si hay cristal”. “Es igual. Entran moscas”. A los críos no nos dejaban pisar la habitación a no ser que alguno de los dos estuviera enfermo. Recuerdo un malestar del abuelo en que la fiebre lo tuvo acostado un par de días, no sé qué padecía, pero por supuesto, yo aproveché para curiosear en el cuarto. La cama era de hierro negro con rosetones dorados en la cabecera y los pies, cada vez que el abuelo se daba la vuelta, se movían los pilares y el somier gruñía como si se fuera a desencajar. Estaba cubierta por una colcha de lienzo con bordados y escondía bajo sus patas un orinal. Dormían sobre un espeso colchón de lana que la abuela volteaba y sacudía a diario con un espolsador de enea trenzada. “Si no lo aireas le entra la corca”. Sobre la cómoda había un tapete de seda de muchos colores, igual al que guarda mi madre de los tiempos de mili de mi padre, y encima, una cajita de madera y dos fotografías; una de mi tío vestido de caqui con el gorro de quinto, y la otra era la foto de bodas de mi abuelo con su primera mujer, la madre de mi madre. “Se llamaba como tú, por ella te pusieron el nombre”. Presidía la habitación un crucifijo enorme de madera con el cristo ensangrentado. Estaba segura de que poniéndome de puntillas, si estiraba los brazos, le alcanzaría los pies. Pero el temor a la salpicadura de sangre no me dejaba intentarlo. Cuando crecí un poco más le toqué las rodillas y le perdí el miedo.

Por una pequeña escalera que había en la entrada bajabas a la bodega y a la cuadra. Se trataba de una especie de semisótano, ganado a la roca arenisca a golpe de pico. Disponía de una puerta por la que salías a pie llano a la calle de atrás. Ahora la cuadra estaba vacía, pero hasta hace muy poco vivía allí una mula parda y tranquila que, a veces, el abuelo nos dejaba montar y sacarla a abrevar. En la bodega se amontonaban las orzas con el frito de la matanza, colgaban los jamones de más de un año, reposaba una barrica de vino y se apilaban los quesos. En un rincón había, cuando menos, un par de sacos de harina, y el pan de la última hornada llenaba la artesa. “Si hubieras visto el hambre que he visto yo, no te parecería tanto”. También había una chimenea ahumada donde se cocían las patatas para los cerdos.

Ilustración: Colo para el libro: "Once relatos"

Ilustración: Colo (2010)
para el libro: “Once relatos”

Cuando la abuela era niña, en Pálmaces de Jadraque (Guadalajara), las familias numerosas crecían más que los huertos. A ella, en lugar de a la escuela, la mandaron al monte con un hatajo de ovejas hasta que tuvo edad de servir. La Josefa, la hija de Fernando El Sastre, en aquellos tiempos estaba en la capital y le buscó una casa. “Dios mío, lo que yo habré llorado”. No sabía leer ni escribir, para firmar untaba el pulgar en una almohadilla de tinta y dejaba su huella donde le ponían la cruz. “Mi señorita me enseñó a contar para que no me engañaran”. No echó simiente en Madrid, salió en cuanto pudo. Le avisaron sus padres que había enviudado el abuelo, y que buscaba mujer para criar a sus dos hijos. “Qué me iba yo a pensar, si tocaba la treintena”. Volvió al pueblo y en seguida se casaron. “Hice lo que tenía que hacer”, decía el abuelo.

Arriba de todo estaba la cambra, a mitad de escalera tenias que agachar la cabeza porque asomaba la viga travesera de la casa de al lado. Los palos del techo estaban llenos de clavos donde se colgaban las uvas, subiéndome a uno de los trojes llegaba a los racimos. “No picotees que se pudre”. En la cambra se guardaban las patatas y cebollas que hacían falta para el año, se ponían a secar almendras y nueces, y se preparaban los planteles de la próxima campaña. Había una máquina de coser, en un rincón, cubierta con un guardapolvo. “La compré para tu madre, pero no me dio gusto en nada”. Cuando era moza mi madre, la abuela le impuso un novio con quien juntaba las tierras. Ella no lo quería, pero no la dejaban salir hasta que él no la buscaba. “¡Ay! Si el abuelo me hubiera seguido, el bancal grande del cerrito podía ser doble”. Mis padres, que ya andaban a revueltas, pensaron lo que pensaron y burlaron el conflicto invitándome a su boda. La abuela, por las tardes, abría las ventanas de la cambra y se arrimaba a la luz a remendar pantalones. “Con estos lentes ya no me veo”. Para subir los puntos de las medias se ayudaba con un huevo de madera y tejía calcetines con cuatro agujas muy finas.

Tras una puerta pequeña, al final de la escalera estaba el terrado, un pequeño descubierto encima del corral donde entraba el sol. Allí, en un banco de madera, la abuela se lavaba la cabeza. “¿Le ayudo?”. Salíamos con un pozal de agua caliente y una palangana. La abuela sacaba la cajita de encima de la cómoda. En ella tenía los peines y las horquillas, una hebilla del pelo y un peinador. Había un departamento pequeñito, casi oculto, donde guardaba un saquito dorado que nunca me quiso enseñar. En la caja, metida en un sobre, estaba la foto que se hizo en Madrid. Su señorita le prestó un vestido negro con cuello de volantes blancos y unos zapatos de tacón. Una vez hecha, el fotógrafo le coloreó en el papel los labios y las uñas y le pintó una pulsera en la muñeca. “¿Has visto si era guapa?”. Se lavaba el pelo con el jabón que hacía para lavar la ropa. Horas y horas moviendo la mezcla de agua con sosa cáustica y aceite, hasta que se enfriaba, y luego dos o tres días secándose antes de cortarlo. “Anda, coge tú la pastilla y frótame por aquí que no llego yo”. “Que no me cabe en la mano, abuela”. “Ahí tienes otra”. Tenía el pelo muy fino y gris, y tan aplastado por el pañuelo que, en lugar de una cabeza, parecía que lavaras los flecos deslucidos de una mantilla vieja. En el agua del último aclarado mezclaba un buen chorro de vinagre. “Pónmelo tú, que me escuecen las quebrazas”. Se ponía de espaldas al sol y se pasaba el peine una y otra vez, luego se marcaba las ondas con horquillas. “¿Se las hago yo?”. Sentadas al abrigo pasábamos la tarde casi en silencio. En una de aquellas, me preguntó si yo sabía cual era el mar donde viven las sirenas. “Abuela, las sirenas no existen”. “Claro que existen, hija mía, eso es que tú aún no has llegado a esa lección”.

Cuando la abuela iba por la calle, si no llevaba un capazo de hierba a la espalda, ponía los brazos en jarras y andaba siempre hablando sola. Su cuello parecía de gelatina, le hacía temblar la cabeza como si la fuera a perder. Una tarde, ya había muerto el abuelo, ella se presentó en mi casa. Tenía puestos unos manguitos nuevos y el delantal de los domingos, se aseguró de que yo estaba sola y sacó un pañuelo del bolsillo. “El día que yo me muera se partirán todo, pero esto quiero que lo tengas tú”. Mientras desliaba el pañuelo lo reconocí enseguida. Me cogió las dos manos y me puso en ellas el saquito dorado que guardaba en la caja de la cómoda. “Apenas llegué lo escondí, nadie lo ha visto nunca”. Tenía su nombre bordado en plata. Desaté con cuidado el lazo y dentro, entre algodón, había una preciosa y diminuta sirenita de porcelana.

Del libro: Once relatos (2010)

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