Un autentico despropósito

Sábado, 25 de abril de 2015

Vaya por delante que estoy completamente a favor de actividades deportivas al aire libre y en contacto con la naturaleza, siempre y cuando ―claro está― ésta se respete. Por eso, lo que ha vivido hoy el monte de las cercanías de Titaguas me parece un despropósito. No sé de quién es el mérito, ni a quién debemos la idea de las “pruebas de Orientación”. Ni de quién o de qué depende el número de participantes admitidos en este tipo de competiciones. Ni de si hay unas normas de comportamiento y de respeto al entorno natural cuando la prueba se desarrolla por el monte, o de si se deja al criterio moral y a la ética personal de cada participante. Pero repito, lo que hoy he visto con mis propios ojos, desde la puerta de mi casa, que ha vivido el monte de Titaguas me parece un enorme despropósito:

Más de 600 personas corriendo por el mismo monte, en competición, en las mismas horas, bajando terraplenes, saltando ribazos, desprendiendo rocas. Con mapa, brújula y reglamento deportivo, pero con libertad de andar y de moverse sin obligación de respetar senderos ni caminos; a campo través. “Se juegan una medalla” me ha dicho alguien de la organización cuando he ido a quejarme. Siempre es lo mismo… La persona con la que he intentado razonar me ha definido el deporte de Orientación como el más respetuoso con el medio ambiente y el que supone menor impacto ambiental. Por eso seguramente ―como también ha dicho sin ser muy consciente― “no se puede repetir una de estas pruebas en la misma zona en los siguientes diez años”. No me extraña, cuatro pruebas como la de hoy y nos quedamos sin monte. Casi le doy las gracias por asegurarme que solo hacen daño periódicamente.

En el Reglamento de Orientación de la Federación (colgado en la web de las pruebas: orientaciontitaguas.com) he visto que se apela en varias ocasiones al juego limpio, quizás se refiere solo entre participantes, no lo sé. Pero sí que he leído, en el apartado de Principios Básicos, algo que quiero transcribir: “2.3.4 Vida salvaje y medio ambiente. El medio ambiente es sensible: la vida salvaje puede verse alterada, el suelo y la vegetación dañados si el terreno es masivamente utilizado. El medio ambiente también incluye a la gente que vive en el área de competición, muros, vallas, tierras cultivadas, edificios y otras construcciones, etc.
Es posible encontrar rutas que eviten la interferencia con las áreas más sensibles sin dañarlas. La experiencia y la investigación han demostrado que incluso las grandes pruebas se pueden organizar en áreas sensibles sin provocar daños permanentes, si se toman las correctas precauciones y las carreras están bien trazadas.”

Hoy en mi jardín hay abierta una senda, que yo no tenía prevista, porque el mapa de la prueba define mi terreno como libre (no sé con el permiso de quién), porque el azar lo ha colocado justo en la línea recta entre dos balizas y porque a los participantes ni les importaban mis plantas (que dios sabe lo que cuesta sacar adelante en un terreno poco fértil) ni se paraban a mirarlas mientras las machacaban uno tras otro. Si eso ha pasado en unos pocos metros de jardín, en mi casa, ¿qué no habrá pasado en el bosque? ¿Cuántas sendas nuevas se habrán abierto? ¿Cuántos surcos más contribuirán a partir de hoy a la degradación de un terreno como el nuestro, especialmente sensible a la erosión del agua? ¿Cuantas plantas pisoteadas? Lo mío no supone mucho, con un poco de suerte volverá la primavera el próximo año y las intentaré sembrar otra vez, pero ¿y al monte quién lo repara? ¿Somos conscientes del estropicio que deja en el entorno un día como el de hoy? Entorno, por cierto, en el que yo sí vivo. Y como yo cientos de habitantes de los pueblos de la Serranía que con mucho respeto y dedicación mantenemos estos parajes hermosos, habitables y hospitalarios. No sé si el de hoy es el mejor camino para conseguir la declaración del Alto Turia como Reserva de la Biosfera, pretensión que anuncia el Alcalde en su bienvenida. Quizás sería oportuno pedirle a Simón de Rojas una crónica de las pruebas y que nos diera su parecer.
Trini Rodríguez, vecina de Titaguas.

(Texto entregado en el Ayuntamiento de Titaguas y enviado por e-mail a la organización del evento)Nueva-imagen00Nueva-imagen000Nueva-imagen0

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Sol de otoño

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Un día, de repente, te das cuenta de que tus propósitos no se corresponden con las estaciones. De que los compromisos son sólo eso: compromisos. Descubres el placer de remover la tierra con las manos desnudas, y de plantar claveles a destiempo… si hubiera un tiempo de claveles. Y de que estas feliz aquí, y no en Roma, en tu espacio silvestre rodeada de rucas.

Un día, de repente, te arrellanas en el jardín a ver pasar las intenciones, a disfrutar de no hacer. Y gozas mientras esperas con deseo la tarde. Sabes que un cumplido es un acabado perfecto y que el sol de otoño no te ciega la vista aunque lo mires de frente.

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Hornazo

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El único rollo de aquellos tiempos era de azúcar y se llamaba hornazo. Un rosco de pan dulce con un huevo anclado en la masa y cocido al horno que te hacía tu madrina, o la mujer de tu padrino, para que fueses a buscarlo el día de Pascua.

Con el hornazo empezaba una nueva estación: te quitaban los leotardos y estrenabas pascueras. Llegaba el tiempo de estar en la calle, de jugar a la comba, de correr por la tierra. El domingo de pascua te dejaban ir al monte a comértelo con los amigos y a disfrutar del día. Para eso, en aquellos tiempos, sólo hacía falta un poquito de sal, encontrar una fuente y… tener madrina.

Memoria en ruinas

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Esta mañana, mirando desde mi puerta el pajar de enfrente, he visto a mis abuelos haciendo la trilla: a ella sentada en el trillo a las riendas del mulo, a él con la horca en las manos aventando la parva. A mi padre lo he visto cargando talegas para llevar el trigo al molino. Y a mi madre cerniendo la harina.

Recordar el aroma del pan saliendo del horno me ha abierto el hambre.

Suelo desayunar café con leche pero hoy, no sé porqué, me apetecieron también tostadas. Me he preparado un par. Nada que ver. Ni siquiera se asemejan untadas con mantequilla. ¿Será ésto una penitencia? Pregunto; o ¿es acaso a pan de molde a lo que sabe la desmemoria?

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Un deseo

Me gustaría verte hoy; que tus pasos te trajesen a mi puerta. Fundirme contigo en un abrazo. Abrir un vino, soplar las velas. Y decirte al oído que se adivina… la primavera.

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Limite

Hay días que el silencio hace de tu casa una fría catedral. Que el sol soslayado del invierno alcanza rincones invisibles en otras estaciones, pero no los calienta. Hay días que el incienso es incapaz de compensar la decepción. Que no hay bocanadas que espabilen las velas ni apetitos que aviven la chimenea. Hay días que se hiela el foso, que se quiebra el puente y se atranca el portón de tu fortaleza.
Hay días en los que pensar sólo es una opción y en los que uno se encuentra cómodo en la tristeza.

Arbol envuelto en la niebla

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FELIZ 2015

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Que nada te haga partir de donde no quieras irte!!!

ANTÓN PIRULERO

La cancioncilla doblaba la esquina antes que ella: “Antón, Antón, Antón pirulero…”  Ausente de todo, de todos.  “…cada cual, cada cual…”  Cada día encerrada en el mismo mantra,  “…que atienda su juego…”  en la cola del pan, en la sala de espera del ambulatorio…  “… y el qué no lo atienda…”  la insistencia llegaba a ser molesta.  “…pagará una prenda…”  Llevaba gafas oscuras y mangas largas. Siempre sola.  “Antón, Antón,…”
La letrilla de las narices te cambiaba de acera.  “…Antón pirulero,…”  Ojalá se callara. “… cada cual, cada cual…”  Fastidiaba encontrártela. “…que atienda su juego…”  Molestaba oírla. “… y el qué no lo atienda…” ¿Por qué no se quedará en casa? Mejor sería no verla.  “…pagará una prenda…”
Un día ya no salió.

757 mujeres asesinadas en los últimos diez años

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TIEMPO DE SIEMBRA

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Amanece en el Calvario. Las montañas, quietas, despacio, se liberan de esa niebla densa y húmeda que se resiste a soltar a la noche y dibujan sus perfiles. Parece que hoy el aire descansará tranquilo, sin amenazas, confiado. Huele a quietud; tan calma que hasta los pájaros duermen. A lo lejos, los campos orean sus mantas marrones para acoger las semillas. Los nudillos del invierno llaman a la puerta casi en silencio, sin alboroto, sin pretensión de alterar el sosiego aparente. Apenas se adivina, apenas asoma, pero se percibe la fuerza telúrica que en pocos meses transformará la tierra. La llenará de aromas, de colores, de riquezas. Ahora solo permanece serena, se deja hacer, espera.

Comienza la mañana, me prepara para salir. Es tiempo de siembra.

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Transgredir

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Tal vez la Iglesia tuviera razón y los pecados capitales le llevaran al infierno después de muerto; pero en vida, comer con lujuria y hacer el amor con gula le subían directamente al cielo.

Despedida

Esta noche nos he soñado juntas en tu entierro. Mirábamos el féretro con tus restos desde un lateral de la sala abarrotada de parientes y amigos. Yo te abrazaba por la espalda y repetía una y otra vez la misma pregunta: ¿Prefieres un entierro elegante con un vestido profundo o un entierro profundo con un vestido elegante? No me has contestado ninguna de las veces. Al salir la comitiva entorpecíamos el paso pero alguien ha dicho que no nos molestaran y ha venido a despedirse, creo que era tu hijo, no estoy segura. Preguntaba por un teléfono que no hemos atendido. Salía un ataúd pero no ibas tu, y otro en que tampoco. De últimas he reconocido el tuyo, he querido decirte al oído ahora sí, pero no estabas y yo abrazaba al vacío.Imagen-233

Lugares

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Hay lugares que llegan a tu vida para quedarse. Sin buscarlos. Sin pretenderlos. Encuentran fisuras en tus certezas y se filtran discretos. Lugares que irrumpen en silencio al vacío de tus prisas y lo colman. Y reclaman tu atención para que mires adentro… y afuera.

Hay lugares poblados de palabras generosas que te mostraran el camino…

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La Chelvana

También aquella era una mañana de invierno. El camino crujía bajo las suelas de los zapatos; brillaba como si cientos de estrellas hubiesen caído y estallado en pedazos al llegar al suelo. Me llevaban al dentista porque mis dientes de leche se resistían a pesar de despuntar los definitivos. Tenía miedo, sí, y frío, pero la emoción de viajar por primera vez en la Chelvana los dominaba. Iba a conocer por fin, hasta dónde llegaba la carretera una vez cruzados los pinos de la Montalbana. Quizás el relente sea igual cada madrugada y el frío sólo dependa del abrigo que vistas en la espera. En esta, ni la más tupida piel templaría el hielo de mis huesos. Recuerdo aquel chaquetón de gabardina, heredado de mi prima, y a mi cuerpo jugando al escondite entre sus costuras. La bufanda embozándome hasta las orejas, y el aliento humedeciendo las fibras rasposas que enrojecían mi barbilla a cada sonrisa. El mismo respirar helado que ahora es helado desde dentro entonces se enfriaba al llegar afuera. Mis puños apretaban el forro de los bolsillos buscando un desgarrón por el que frotar los nudillos con la guata, y mis rodillas parecían bolas enrojecidas saltando a la pata coja entre el bajo del vestido y la goma de los calcetines.

Una carrancla ruidosa se acercaba desde los Arcos y pasaba de largo. Tardaba cinco minutos en dar la vuelta en la plaza y volver a la parada apestando a gasoil. Eran pocos: no daba tiempo a contar las farolas encendidas ni a leer los carteles de las paredes de la caseta. Hoy son coches más nuevos los autobuses que cubren la ruta. La Chelvana es más silenciosa, más vacía, igual de puntual. Una mirada oblicua es más que suficiente para desconfiar de las promesas de cambio que se solapan en los bandos del tablón de anuncios, y cinco minutos son muchos esperando un autobús para huir de la quimera.

La frenada pareció un pinchazo largo, como si saliera todo el aire de las ruedas; las piezas campanearon volviendo a su sitio, recomponiéndose hasta quedarse quietas. Abrió las puertas de golpe y se desplegaron un par de escalones. Yo debía levantar poco porque mi padre me aupó para alcanzar los pasamanos y entrar en el coche. Tampoco sentada me llegaban los pies al suelo, pero los parapeté en el respaldo del asiento delantero porque me deslizaba con el escay. Me dejaron el lado de la ventanilla para que disfrutara del camino. No entendí que la llamasen así cuando era una ventana más grande que la de mi cuarto pero me gustóAnnie Griffiths Belt: Autobús al amanecer el sitio. Afuera aún estaba oscuro y el cristal reflejaba el interior, podía ver como se quedaba dormido el señor del otro lado del pasillo sin que él se enterara. Mi cuerpo se acompasó con el movimiento del coche, hacía calorcito, sonaba la radio,… Lo siguiente fue despertar con el sol en los ojos y mi padre diciéndome: venga, vamos, que hemos llegado.

Esta mañana el conductor ha bajado a ayudarme con las maletas antes de subir al autobús, después, él mismo, ha cobrado mi billete sencillo. Apenas un par de viajeros ocupan los primeros asientos pero he preferido sentarme en los últimos. Mirar por la ventana trasera es como tardar un poco más en alejarse.

Las visitas al dentista se repitieron durante un par de años. Mi padre me entretenía en el trayecto haciéndome adivinar el nombre del pueblo siguiente. Recuerdo algunas de las pistas que memorizaba para no defraudarle: Por La Yesa pasábamos de noche; la carretera parecía acabar en el muro de una casa de piedra, pero la Chelvana se colaba entre las farolas, rozándolas, y cruzaba por medio del pueblo. Cuando las montañas se iban quedando atrás y empezaba el amanecer llegábamos a Higueruelas; me contaban que, en una mañana despejada, desde las Peñas de Dios se veía el mar. Yo reconocía las Peñas por la enorme cruz que las coronaba pero nunca logré ver el mar. El primer tren lo descubrí a la entrada del Villar, siempre parado. Casualmente coincidía con el horario del autobús, pero nunca vi ni dentro ni subir a ningún viajero. Tiempo después me di cuenta de que se trataba de un solo vagón, sin maquina, y de que estaba plantado decorando un jardín. En Casinos subía una señora con una cesta a vender peladillas y Liria era ya una ciudad con muchos semáforos.

Durante años, la Chelvana ha unido mi centro con la periferia. Acercándome a las pocas cosas que no encontraba en estas montañas me ha hecho crecer. Fuimos con ella al viaje de fin de curso al terminar en la escuela; recuerdo que un grupo insistimos en pasar la noche en el autobús, en lugar de dormir en el hotel, el conductor me hizo responsable dejándome las llaves y aquella responsabilidad me alivió del frío. Con la Chelvana acudí también a mi primer concierto en Valencia: un roquero sudoroso en camiseta y pantalón de rayas que llenó el estadio. En estos asientos he dado los últimos repasos al temario de algún examen en el instituto, las últimas cabezadas de los lunes llegando a la facultad,… En este mismo coche he ido de compras o al cine. Me llevó por primera vez al teatro y resultó ser también mi primera manifestación porque vimos “La Madre”, de Gorki, los actores se mezclaban con el público y desplegaban pancartas en las protestas…

Hacía tiempo que no cogía el autobús. Cuando decidí que nada que estuviera fuera de estos montes me era necesario, mis viajes se hicieron menos frecuentes. Hoy la decisión no ha sido mía. Me sorprendió el desencanto, no lo vi llegar. Soy culpable de la torpeza… Una vez más éste coche y ésta ruta me llevan a un primer encuentro. A un nuevo punto de partida. Está amaneciendo. Sembrados y cunetas se desperezan cubiertos de escarcha como tantas mañanas de invierno. Comienza a clarear entre los pinos. La hora violeta asoma despacio, tranquila… Pronto llegaremos a la Atalaya y el cielo parece despejado. Quién sabe… quizás esta vez pueda ver el mar.

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De memoria

Los abuelos vivían en una de esas casas grandes de piedra roja, las de allá arriba por la calle Canal, saliendo hacia el camino de los cerrillos. Cuando entrabas a su casa, el olor a rancio amable de jamón añejo, te desataba el hambre. “Ponle algo de merienda”, ordenaba el abuelo. “No es hora”, pero la abuela arrastraba sus albarcas hasta la despensa y me traía un platito con tajadas. “No se lo digas a tu madre que me renegará si no cenas”, y me sentaba a la mesa. “Cómetelas con pan”. Pasaban su vida en la cocina, una habitación interior, sin ventanas. “Ni entra el frío, ni se oye en la calle lo que hablamos”. Las paredes estaban pintadas de cal con azulete y en los brochazos podías llevar la cuenta de los años con más fidelidad que en el calendario colgado al lado de la radio. De vez en cuando, el aplomo irregular de los tabiques de yeso, se interrumpía con la imagen de un santo. Creo recordar a san Antonio. Tal vez pienso en san Antonio porque la abuela siempre andaba con su responso. Se sentaba delante de la lumbre, con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza entre las manos y la mirada en los colores del fuego… “Si buscas milagros, mira; muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos…” Cada día tenía una excusa para rezar a san Antonio. Si una oveja estaba de parto o había perdido el cordero y se tenía que limpiar, le echaba un responso. Si ponía una clueca a empollar sus huevos o destetaba una cría de cochinos, se lo encomendaba al santo. Pidiéndolo con devoción se obraba el milagro.

El otro lado de la chimenea era el sitio del abuelo. “Ven que te dé lección”, me decía cuando acababa de merendar, “y no le hagas caso a la abuela, no ves que se le va la cabeza”. Me pasaba lección de lectura y de cuentas mientras desgranábamos maíz en un capazo de esparto. Sus lecciones siempre terminaban con algún pasaje de la guerra. Esa cosa tan fea que más vale que no volvamos a ver. Lo reclamaron para volver al cuartel, dos semanas después de su licencia. Había tenido el tiempo justo de casarse, y solo vio una vez más a su mujer en los siguientes tres años. En el frente de Teruel una bala le cortó un dedo. Estuvo un mes en el hospital y una semana en casa antes de volver a las trincheras. “¿Por qué le cuentas eso a la chiquilla? Luego no duerme”. A su vuelta, mi tío tenía dos años.

Al fondo de la cocina, entre las dos alacenas, estaban las cantareras. “¿Abuela, le traigo agua?”. “No hija, no, que tengo los cántaros llenos”. La abuela ya no sacaba los cántaros para ir a la fuente, los llenaba haciendo viajes con garrafas más ligeras. “Mis huesos ya no me siguen, con lo que yo he sido de moza”. Y se ajustaba, con un par de nudos, el pañuelo de la cabeza. Siempre era negro porque antes de salir de un luto le caía otro; pero se permitía cambiar los nudos,  los ataba a la nuca en los días de calor y a la garganta cuando hacía frío. “Mañana si hace sol me lavaré la cabeza”.

Compartiendo planta con la cocina estaba la alcoba, solía tener la puerta cerrada y la ventana junta. Para refrescar y matar el polvo, después de barrer, la abuela rociaba el suelo con un poco de agua. “Cierra la ventana que entran moscas”. “Abuela, pero si hay cristal”. “Es igual. Entran moscas”. A los críos no nos dejaban pisar la habitación a no ser que alguno de los dos estuviera enfermo. Recuerdo un malestar del abuelo en que la fiebre lo tuvo acostado un par de días, no sé qué padecía, pero por supuesto, yo aproveché para curiosear en el cuarto. La cama era de hierro negro con rosetones dorados en la cabecera y los pies, cada vez que el abuelo se daba la vuelta, se movían los pilares y el somier gruñía como si se fuera a desencajar. Estaba cubierta por una colcha de lienzo con bordados y escondía bajo sus patas un orinal. Dormían sobre un espeso colchón de lana que la abuela volteaba y sacudía a diario con un espolsador de enea trenzada. “Si no lo aireas le entra la corca”. Sobre la cómoda había un tapete de seda de muchos colores, igual al que guarda mi madre de los tiempos de mili de mi padre, y encima, una cajita de madera y dos fotografías; una de mi tío vestido de caqui con el gorro de quinto, y la otra era la foto de bodas de mi abuelo con su primera mujer, la madre de mi madre. “Se llamaba como tú, por ella te pusieron el nombre”. Presidía la habitación un crucifijo enorme de madera con el cristo ensangrentado. Estaba segura de que poniéndome de puntillas, si estiraba los brazos, le alcanzaría los pies. Pero el temor a la salpicadura de sangre no me dejaba intentarlo. Cuando crecí un poco más le toqué las rodillas y le perdí el miedo.

Por una pequeña escalera que había en la entrada bajabas a la bodega y a la cuadra. Se trataba de una especie de semisótano, ganado a la roca arenisca a golpe de pico. Disponía de una puerta por la que salías a pie llano a la calle de atrás. Ahora la cuadra estaba vacía, pero hasta hace muy poco vivía allí una mula parda y tranquila que, a veces, el abuelo nos dejaba montar y sacarla a abrevar. En la bodega se amontonaban las orzas con el frito de la matanza, colgaban los jamones de más de un año, reposaba una barrica de vino y se apilaban los quesos. En un rincón había, cuando menos, un par de sacos de harina, y el pan de la última hornada llenaba la artesa. “Si hubieras visto el hambre que he visto yo, no te parecería tanto”. También había una chimenea ahumada donde se cocían las patatas para los cerdos.

Ilustración: Colo para el libro: "Once relatos"

Ilustración: Colo (2010)
para el libro: “Once relatos”

Cuando la abuela era niña, en Pálmaces de Jadraque (Guadalajara), las familias numerosas crecían más que los huertos. A ella, en lugar de a la escuela, la mandaron al monte con un hatajo de ovejas hasta que tuvo edad de servir. La Josefa, la hija de Fernando El Sastre, en aquellos tiempos estaba en la capital y le buscó una casa. “Dios mío, lo que yo habré llorado”. No sabía leer ni escribir, para firmar untaba el pulgar en una almohadilla de tinta y dejaba su huella donde le ponían la cruz. “Mi señorita me enseñó a contar para que no me engañaran”. No echó simiente en Madrid, salió en cuanto pudo. Le avisaron sus padres que había enviudado el abuelo, y que buscaba mujer para criar a sus dos hijos. “Qué me iba yo a pensar, si tocaba la treintena”. Volvió al pueblo y en seguida se casaron. “Hice lo que tenía que hacer”, decía el abuelo.

Arriba de todo estaba la cambra, a mitad de escalera tenias que agachar la cabeza porque asomaba la viga travesera de la casa de al lado. Los palos del techo estaban llenos de clavos donde se colgaban las uvas, subiéndome a uno de los trojes llegaba a los racimos. “No picotees que se pudre”. En la cambra se guardaban las patatas y cebollas que hacían falta para el año, se ponían a secar almendras y nueces, y se preparaban los planteles de la próxima campaña. Había una máquina de coser, en un rincón, cubierta con un guardapolvo. “La compré para tu madre, pero no me dio gusto en nada”. Cuando era moza mi madre, la abuela le impuso un novio con quien juntaba las tierras. Ella no lo quería, pero no la dejaban salir hasta que él no la buscaba. “¡Ay! Si el abuelo me hubiera seguido, el bancal grande del cerrito podía ser doble”. Mis padres, que ya andaban a revueltas, pensaron lo que pensaron y burlaron el conflicto invitándome a su boda. La abuela, por las tardes, abría las ventanas de la cambra y se arrimaba a la luz a remendar pantalones. “Con estos lentes ya no me veo”. Para subir los puntos de las medias se ayudaba con un huevo de madera y tejía calcetines con cuatro agujas muy finas.

Tras una puerta pequeña, al final de la escalera estaba el terrado, un pequeño descubierto encima del corral donde entraba el sol. Allí, en un banco de madera, la abuela se lavaba la cabeza. “¿Le ayudo?”. Salíamos con un pozal de agua caliente y una palangana. La abuela sacaba la cajita de encima de la cómoda. En ella tenía los peines y las horquillas, una hebilla del pelo y un peinador. Había un departamento pequeñito, casi oculto, donde guardaba un saquito dorado que nunca me quiso enseñar. En la caja, metida en un sobre, estaba la foto que se hizo en Madrid. Su señorita le prestó un vestido negro con cuello de volantes blancos y unos zapatos de tacón. Una vez hecha, el fotógrafo le coloreó en el papel los labios y las uñas y le pintó una pulsera en la muñeca. “¿Has visto si era guapa?”. Se lavaba el pelo con el jabón que hacía para lavar la ropa. Horas y horas moviendo la mezcla de agua con sosa cáustica y aceite, hasta que se enfriaba, y luego dos o tres días secándose antes de cortarlo. “Anda, coge tú la pastilla y frótame por aquí que no llego yo”. “Que no me cabe en la mano, abuela”. “Ahí tienes otra”. Tenía el pelo muy fino y gris, y tan aplastado por el pañuelo que, en lugar de una cabeza, parecía que lavaras los flecos deslucidos de una mantilla vieja. En el agua del último aclarado mezclaba un buen chorro de vinagre. “Pónmelo tú, que me escuecen las quebrazas”. Se ponía de espaldas al sol y se pasaba el peine una y otra vez, luego se marcaba las ondas con horquillas. “¿Se las hago yo?”. Sentadas al abrigo pasábamos la tarde casi en silencio. En una de aquellas, me preguntó si yo sabía cual era el mar donde viven las sirenas. “Abuela, las sirenas no existen”. “Claro que existen, hija mía, eso es que tú aún no has llegado a esa lección”.

Cuando la abuela iba por la calle, si no llevaba un capazo de hierba a la espalda, ponía los brazos en jarras y andaba siempre hablando sola. Su cuello parecía de gelatina, le hacía temblar la cabeza como si la fuera a perder. Una tarde, ya había muerto el abuelo, ella se presentó en mi casa. Tenía puestos unos manguitos nuevos y el delantal de los domingos, se aseguró de que yo estaba sola y sacó un pañuelo del bolsillo. “El día que yo me muera se partirán todo, pero esto quiero que lo tengas tú”. Mientras desliaba el pañuelo lo reconocí enseguida. Me cogió las dos manos y me puso en ellas el saquito dorado que guardaba en la caja de la cómoda. “Apenas llegué lo escondí, nadie lo ha visto nunca”. Tenía su nombre bordado en plata. Desaté con cuidado el lazo y dentro, entre algodón, había una preciosa y diminuta sirenita de porcelana.

Del libro: Once relatos (2010)

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