Archivo de la etiqueta: amigo

Añoranzas

2017c

 

 

Me gustaría decirte mañana
que aún te sueño
-si te viera-.
Me gustaría decir mañana
con quién quiero
-si me oyeran-.

 

 

Anuncios
Etiquetado , ,

Un deseo

Me gustaría verte hoy; que tus pasos te trajesen a mi puerta. Fundirme contigo en un abrazo. Abrir un vino, soplar las velas. Y decirte al oído que se adivina… la primavera.

Etiquetado ,

Pan con chocolate (2/2)

Colo (2012)

 

(…)

Cada año, cuando se acercaba la Navidad, el cartero nos traía una caja con regalos para la escuela. Don Diego decía que la mandaban del ministerio. Había rompecabezas, juegos de fichas y recortables. Lápices de pintar y bolígrafos. En ocasiones incluían barritas de tiza de colores y recuerdo que una vez nos llegó plastilina. Los libros de lectura, que venían en aquellas cajas, los repartía entre nosotros a condición de que los cambiáramos después de leerlos. En la escuela sólo se quedaban los cuentos, unos libros grandísimos con las tapas duras y dibujos de colores que llenaban la hoja entera. Lo divertido de la clase de lengua era que leer en voz alta le tocara a otro. Mientras uno leía el resto le seguíamos en el libro. El maestro paseaba entre las mesas; se detenía detrás de alguien y escuchabas: ¡sigue! Como te pillara despistado catabas el puntero. Le gustaba que leyésemos entonando. A veces repetía algunas frases con intención de animarnos pero, para mí, que más que leer cantaba. Por las tardes nos daba catecismo, salvo los viernes, que nos volvían a separar y las chicas hacíamos labor con Rosa María.

Al «Palo ciego» jugábamos con bombillas fundidas si no teníamos huevos. La gallina inglesa de mis abuelos casi siempre estaba incubando. Vigilábamos su corral a diario y cuando salía la parvada, la abuela nos daba los huevos que no picaban. En el Pilón había un rodal grande de arena perfecto para jugar. Íbamos con los huevos podridos y con un garrote. El huevo se enterraba en un buen montón de tierra y a quien le tocara, se le tapaban los ojos con un pañuelo. Lo girábamos entre todos tres o cuatro vueltas, y luego disponía de cinco oportunidades para romperlo a garrotazos. De no conseguirlo, le tocaba a otro. Los turnos se echaban a suertes porque la mayoría de veces sólo jugaba el primero. Lo mejor venía al acabar, cuando retirabas la arena para ver el pollo. Un engendro acurrucado de ojos cerrados en el que todo era pico. Algunos tenían la piel rosada y llena de granos, en otros, la piel se transparentaba y se veía una masa morada con garabatos negros. ¡Tan feos! Menos mal, decíamos, que nuestras madres no ponen huevos y no tenemos que pasar por esto.

Los maestros nos recomendaban ir a misa, al menos, una vez a la semana. Pero un día de noviembre la asistencia era obligada. Acudíamos a la iglesia con la ropa de los domingos y nos sentaban a todos juntos en las primeras filas. A los mayores que habían pasado la Comunión, si estaban recién confesados, les dejaban comulgar. Yo no sabía cuando me tenía que arrodillar o cuando ponerme de pie, por eso me dejaba llevar por el resto. Y si no conocía alguna respuesta, lo disimulaba moviendo los labios para que no me vieran. Acabábamos  con una canción que nos sabíamos todos. Cuando lo que se celebraba era una boda no hacía falta que nos mandaran. Íbamos a todas.  Al salir de misa, los padrinos tiraban al aire caramelos y la plaza se convertía en un bullidor de chiquillos. De la de Román con Pilar nos enteramos al día siguiente pero mi madre me dijo que en esa no hubo caramelos.

A «Guerra» jugábamos con los soldaditos que vendía el turronero ambulante el día de la fiesta de San Roque. A primera hora de la tarde, antes de la procesión, desplegaba una mesa en la plaza y la llenaba de dulces. Ofrecía peladillas, turrones o chupachús. De todo. Llevaba unos chupos largos de caramelo que te duraban toda la tarde. También había pipas saladas o cacahuetes, y como tuvieras un duro podías comprar tebeos.

En el último trimestre, cuando se aproximaban los exámenes finales, Don Diego dejaba la escuela abierta después de las cinco por si alguno quería estudiar. Pero antes, nos hacía salir al trinquete a merendar y a correr un rato. Me gustaba merendar pan con chocolate, bueno…, lo que  me gustaba era el chocolate. Le pedía a mi madre que no le quitase la envoltura de papel cuando me preparaba la merienda, para separarlo sin que se pegara una miga de pan. Me comía el pan solo y luego disfrutaba el bollo de chocolate, una barra dura y redonda que cuando la mordías se deshacía en la boca como si fuera tierra.  El último trocito me lo guardaba en la lengua sin tocarlo con los dientes para que durara. Volvíamos a clase pocos, y mejor así porque podíamos preguntar.

Don Diego se quedaba leyendo en su mesa, o salía a fumar un cigarro sentado en la barbacana, pero no cerraba hasta bien de noche. Alguna vez acudía Román; sus padres le habían sacado de la escuela aunque el maestro se empeñó en que acabara el curso. Le daba clase a él solo antes de cenar. Yo me iba cuando se hacía la hora de esperar el ganado. Muchos vecinos, como mi padre, que tenían pocas ovejas, se agruparon para sacarlas al monte. Juntaron los hatajos y sólo hacía falta un pastor. Según las cabezas que aportaba cada uno así le tocaban días de tanda. A su vuelta por la noche las destajaban. Los chiquillos acudíamos a buscarlas al sitio por donde entraba el pastor. Cuidando que no se azoraran ellas mismas se separaban. Cada uno se llevaba a encerrar las suyas y como te descuidaras llegaban al corral antes que tú.

En la Calleja, frente al patio de la abuela de Pilar, había un bancal perfecto para jugar a «La Toña». Era un juego de pastores y hacían falta garrotes; pero cuando no los teníamos nos servía cualquier astil, incluso un palo que midiera poco menos de un metro. Para toña buscábamos un tronco corto y ligero que fuera fácil de lanzar. Una vez que tiraba yo, la golpearon tan fuerte que voló hasta el patio de enfrente. Entré a recuperarla y vi a Pilar sentada en un resol junto a su abuela. Desde la noche que los casaron, ella y Román tenían un cuarto allí. Estaba tejiendo unos peuquitos de color de rosa. Me parecieron tan bonitos que me olvidé de la toña. Le pedí que me enseñara su muñeca pero antes de que ella hablara su abuela me echó del patio. Esto no es ningún juego, me dijo, esto es una penitencia. Cuando volví al bancal ya se habían ido todos…

 Del libro: “Desde aquí”

Etiquetado , , ,

Traje de novio … 10/11

(10/11)

                                                                      …  ¿Qué necesidad teníamos de pasar por esto, mi vida? ¿Acaso no estamos bien? Para qué tanta historia de boda y banquete; con el dinero que nos va a costar hacíamos la reforma en la cocina. Total, para contentar a tu madre, que al fin y al cabo otra razón no hay… Claro que mis papeles estarán más rápido, pero eso no importa; se trataba de acercarnos a Galicia, buscar la partida de nacimiento de mi abuelo y punto ¡los papeles! Pero no, había que casarse, pues nada, nos casamos. Casado o soltero te quiero igual, ya te lo dije; lo supe en cuanto te conocí. La primera vez que te vi se me encogió el ombligo. La mujer de mi vida… ¡Hoy sí!… Lo peor de todo este traje, nunca pensé que me pondría otro desde el que me prestó el gabacho. Me venía pequeño pero dio el pego. Con tanto folleto vacacional y aquella ropa prestada, entré como ejecutivo de vacaciones… Con la corbata no trago, cariño,  aunque te empeñes… Ha sido  una suerte conocerte. Las cosas me han ido bien. Tus amigos me acogieron en su casa y se  hicieron los míos. Me dieron una silla en su mesa… Recuerdo cuando Riki llegó con un jamón y un cuchillo bien afilado y los plantó en el poyo de la cocina. «Cuando se acabe pondremos otro», yo sabía lo grande que era un jamón porque había cuidado cerdos. Cada vez que pasaba  cortaba un tajo y ¡lo mandaba pa´dentro! Todos los caminos llevaban a la cocina, ¡qué bien olía! Aquel y el siguiente, y el otro, porque siempre había un jamón y una botella de vino para el Indio. Así fue como empezó a llamarme, y a mí me gusta…  ¡Uf!… ¡Vaya susto te has dado! Hazme otra anda, si serán aburridas estas fotos…   No me lo creo aún, acostumbrado como estaba a caer de espaldas y partirme la nariz… ¡no me esperaba esta suerte!…Cuando veía pasar un avión, entre el humo de las cañas, contaba los días que me faltaban para volar a mí. Salí…  ¡Y le ha entrado un clavo a esta tierra, que no habrá Dios que lo saque!… Y si tú quieres que nos casemos, pues nada, nos casamos; eso sí, cuanto antes, antes que cambien las cosas; ya que lo hacemos hagámoslo bien, no vaya a ser en balde… Qué culpa tiene la estaca si el sapo salta y se ensarta

//

Etiquetado , , , , ,

Traje de novio … 9/11

(9/11)

                                                                                         …  ¿Qué pensará el viejo verde que no hace más que mirarme el escote? ¡Sí no paras, le contaré a tu mujer de qué me conoces! ¡Vaya por Dios! No había tenido tan cerca al Alcalde con la ropa puesta. No te pongas nervioso, Alcalde, ¡qué no muerdo! Se creía el Indio que me iba a faltar valor, no me conoce. «Que no tengo más familia que tú». Pues aquí me tienes; y si hubieras ido a la iglesia igual, yo te llevo al altar y donde haga falta, cariño. Que a mí no me ha tratado nadie como lo has hecho tú. ¿Te acuerdas cuando nos presentó María? «Te presento a mi novio». ¡Qué guapo me pareciste! Las ligas que hemos hecho después tú y yo. Como hermanos ¿eh? Como hermanos nos hemos llevado siempre, que ella era mi amiga antes que tú y no la traiciono ni por todo el oro del mundo. Bien que lo sabe. Pero estar lejos une mucho. Las lágrimas que habremos soltado a pie de barra. Y esas veces que me has llevado a un domicilio. «Cualquier problema me llamas, que estoy aquí abajo» Sin chulerías hermano, eso no tiene precio… Para ti la amistad es lo más grande… Se te humedecían los ojos cuando me contabas cómo habías entrado después de que te echaran del aeropuerto. «Siempre hay desconocidos generosos, me decías, vecinos de un primo que conoce a un hermano que cuentan que un día quiso cruzar». La de veces que he escuchado aquella historia tan distinta y tan igual a la mía. «No te mortifiques Reme, me decías, si estás aquí es porque quieres»,  y tienes razón. Yo salí de mi tierra por hambre y cuando tu novia me encontró en aquel piso estaba molida a golpes. Te quedas porque crees que no te mereces nada, que es lo mejor que vas a conseguir… Ella me enseñó que no era así y me ayudó a salir, me juré que un hombre no me volvía a poner la mano donde yo no quisiera… Aquí aterricé porque quise. Estoy bien. Es difícil, pero me cuidan. Si un cliente no me huele bien ¡puerta!… Ya tengo un dinerito ahorrado para buscar otra vida, pero chico ¡ésta me gusta! Y no me digas tú a mí que no es más legal cobrar en dinero que en favores. Luego las putas nosotras… ¡Virgencita! Si es que me desparramo… ¡A ver Reme, saca pecho que te están enfocando!…

Etiquetado , , , ,

Traje de novio … 7/11

(7/11)

                                                                   …  Qué enamorada se ve. No me extraña con lo bueno que está. ¡Qué no! que no puedo verlo como un hombre cualquiera, que es el novio de mi amiga y no estaría bien. Pero es que… ¡está tan bueno que duele! ¿Has visto qué culito? y qué espalda ¡Dios qué espalda tiene!  Se ven felices, qué envidia… ¡Ay! ¿Me he venido sin pañuelos?, a ver. No, en el bolso tampoco llevo, si no cabe nada; pues la he hecho buena con lo llorona que soy. Cuando les oiga el «sí quiero» no me voy a contener… Ojalá estuviera ahí delante… Pensaba que no se casarían nunca, que lo suyo no era tradicional, pero mira, al final todos claudican… ¡Qué guapa está! Si parece una princesa. Y él también ¿eh? ¡Si es que tiene una percha! ¡Vaya percha! ¡Y qué labia! Tan meloso y tan dulce. ¡Ay…! ¿No tendrá un hermano?… La verdad que ha tenido suerte, hombres así no quedan, ya me alegro por ella. Detallista… le llegan rosas cuando menos lo espera. Comprensivo, lo tiene todo, y por lo que me contó en la cama… ¡Uf…! Para… para. Y lo que nos reímos con él, tiene cada salida… ¿A quién le tirará el ramo? Que me lo tire a mí. Dicen que de una boda sale otra boda, que me lo tire. Ya tengo ganas de algo serio. No me quejo, he tenido lo que he querido, pero cuando las amigas empiezan a casarse… entra un no sé qué…   ¡Ay el velo! Que se le engancha el velo. Le decía yo que esos pendientes eran muy largos; pero ella nada, «que los quiero lucir, que me los envió mi suegra». Pues nada, a lucirlos. Si es que el velo sobra en una ceremonia civil, no hace falta ir tan de novia. Pero le hacía ilusión: «de novia, quiero ir vestida de novia» ¡Pues de novia!… No me esperaba eso de ella, la verdad. Tampoco que la vería sentar cabeza, mucho menos establecerse en el pueblo. Me contó que han dado la entrada a un piso, firman en un par de semanas;  aún no lo saben sus padres. Ya me lo enseñará cuando vuelva de su luna de miel… Qué emocionada estaba…  ¡Hágame otra caballero, que tenía los ojos cerrados! Y una más de cuerpo entero, que me tengo que vender. ¡Con lo guapa que voy!… Espero que a partir de ahora nos sigamos viendo igual, «claro que sí, que tonta eres»…

Etiquetado , , , ,

Traje de novio … 6/11

(6/11)

                                                       …  Porque eres tú, tronco, que si fuera otro… ¡me iban a pillar a mí en esta  movida! ¡Menuda chapa!… ¡Joder, Indio, t´an trincao!… ¿También fotos? A mí ya me han hecho muchas, de frente y de perfil, de las dos. ¡Apúntale  a otro, tío!… ¿Quién lo iba a decir el día que llegaste?… Parece que te estoy viendo cuando te colaste en la zanja, ¡la fumata que teníamos montada!  «Que rule», dijiste, y ruló; si parecía que te iba el rollo, tenías toda la pinta. Pero cuando pillaste el peta… ¡Entiéndeme coño! ¡Delante de los colegas… lo hiciste mierda!, ¿cómo iba a quedar así?… Salimos a la calle, y la peña detrás, que aún no había nacido quien mirara de frente al Rana… ¡Chupé de hostias! Lo dejaste bien claro… Lo que no me esperaba es lo que vino después… ¡Me comiste la chola tío! En lugar de arrestarme nos fuimos al pueblo. Pasamos la noche de pafeto en pafeto, mientras nos quedó guita.  Cuando volvimos me pusiste a cargo de la carpintería. Me pareció mentira… Aprendí el oficio y, no te lo he dicho, cuando salí empecé a trabajar con el carpintero del barrio, al lado de casa… ¡Otra! ¡Que tengo queli!, que tampoco te lo he contado. Nos hemos pillado un piso yo y mi chati, ya vendrás… Y no voy de broncas, ¿pa´qué?,  salimos a privar pero de tranqui. Ya nos correremos una…

Etiquetado , ,

Ocaso

Habían pasado del Chinchón a la Canasta en menos de un año. Resistieron la Carioca un par de meses y en otoño empezaron al Guiñote. Acabaron el verano al Julepe y hoy, reparten al Tute mientras doblan las campanas. En el silencio de los dos el mismo deseo: que sea el otro quien aprenda al Solitario.

Etiquetado ,

Paciencia

Desde que se jubiló ha cambiado su rutina pero no ha modificado su hábito. En lugar de acudir a la biblioteca de la facultad entre una y otra clase, ahora pasa sus horas libres en la biblioteca pública. Un sillón orejero, de cuero cuarteado y rojizo, que parece conservar la calidez que él mismo ha dejado el día anterior, se ha convertido en compañero inseparable de las tardes en los últimos meses. Le gusta estar rodeado de libros, palparlos, sentir su olor, que le hablen. Sobre todo, le gusta zambullirse en las biografías, curiosear la vida de filósofos, de científicos, de astrónomos. Saber cómo pensaban, cómo obraban, cómo fue su vida y qué parte de ella dieron u obtuvieron de las matemáticas, su verdadera pasión. Ha vivido por y para los números desde que los descubrió en la infancia.

Nunca se sintió un hombre solitario, pero lo cierto es que, salvo si encuentra un ex alumno, no tiene con quien compartir sus recuerdos. Justificó su soledad con el poco espacio que queda para el amor en un corazón lleno de fórmulas. Ni siquiera quiso amigos, de carne y hueso, más allá del campus. Viajaba solo, movido siempre por algún interés científico, y se enviaba postales de los lugares que visitaba para tener otra correspondencia que no fuesen facturas o extractos bancarios.

Hace una semana que, un par de horas antes de irse a casa, un aroma fresco de lavanda que no sabe de qué lo recuerda, reclama su atención y sin pretenderlo saca su mente del libro. Su mirada, en una reacción instintiva, se despega con pereza de las letras y se vuelve en dirección a la salida. Alcanza a ver el final de un morado pañuelo de seda, ondeando al viento de la puerta abierta, antes de desaparecer.

Hoy, está dispuesto a averiguar de quién es el olor y el pañuelo que le quita el sueño las últimas noches. No sabe porqué pero lleva unos días que todo huele a lavanda, que sólo ve luces moradas, que se sueña atado a un pañuelo de seda, recostado a un pañuelo morado de seda. Que cierra los ojos y un brillo morado lo envuelve en lavanda. Por primera vez en su vida pierde la concentración de un libro para fantasear con un pañuelo de seda.

Ha cogido una biografía, por supuesto, aunque sabe que esta tarde no podrá centrarse en su lectura, el único sentido que tiene en alerta es el olfato. El libro se abre al azar por una página en la que, algún extraño lector con sus mismas pasiones, dejó olvidada una vieja postal. Presenta una imagen de la nueva biblioteca de Alejandría. La reconoce al instante porque la visitó en su viaje a Egipto. Quería ver el mismo cielo que había despertado el sentimiento filosófico de Hipatia la hija de Theón, la misma de la que habla el libro que tiene en sus manos, y pasó unos días en Alejandría.

Con curiosidad, casi aburrida, mira el reverso de la postal. Fue enviada desde el Cairo en abril de 1980, casualmente la misma época en la que él anduvo por allá. Va dirigida a una tal María Teresa Gómez Lezcano y a una dirección que reconoce en la ciudad, pero que no existe desde que quisieron suprimir símbolos represivos y cambiaron el nombre de algunas calles; como si borrar la memoria fuera tan fácil.

En el cuerpo de la postal una frase, curiosa y precisamente, de Hipatia: “Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar”, y una pequeña firma casi ilegible, sin rúbrica, Mayte. Sin una despedida, sin un beso, casi una sentencia; como le gustaba despedirse a él.

Una repentina desazón ha invadido su cuerpo, se siente inquieto. No reconoce ese estado de ánimo. El viejo profesor se está poniendo nervioso, piensa mientras sonríe para sus adentros, un familiar olor a lavanda encamina su mirada a la puerta de salida, y de nuevo el reflejo morado de un pañuelo de seda es todo lo que alcanza a ver. En un impulso inédito se pone en pie. Deja pereza y rutina en el sillón orejero y sale a la calle.

Una mujer madura, en medio del paseo de la entrada, vuelve sobre sus pasos en busca del pañuelo de seda que el viento ha arrancado de su cuello y ha dejado enganchado a uno de los rosales. Ambos llegan al mismo tiempo al rosal. Permítame alcanzarlo”, dice el profesor, y ella se ruboriza y le da las gracias. Cuando le entrega el pañuelo y mira sus ojos, tan hermosos como el cielo de Alejandría, en un arranque de valor se atreve a decir:

Lorenzo Martín, para servirle.

Lo sé contesta la dama, María Teresa Gómez Lezcano, pero puede usted llamarme Mayte.

maytte2.jpg

Etiquetado ,

Amigo

20071016133504-penelope.jpg

Los sutiles mensajes de auxilio que había escuchado por teléfono le dejaron preocupado. Me consuela que por mi pueblo no pasa el tren, no hay andén que pueda convertirme en una Penélope más. Había dicho su amiga al despedirse.

Llenó su maleta de remedios y salió en busca del avión que le acercara a pasar con ella un par de días. Y volvió, después de dos días de copas y paseos, con su maleta intacta.

Si te coge Bea te hace crecer, pensó al ver a un enano que tomaba el sol a la puerta de una tienda de bolsos, entró, compró uno de piel marrón y se lo hizo llegar a su amiga.

Etiquetado