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Atracción

Me envían del periódico a cubrir el estreno de la nueva atracción en el parque temático. Se trata de “Huracán Cóndor”, una columna metálica de cien metros de altura, a la que se sujetan dos plataformas con capacidad para cuatro personas sentadas en cada una y que miran en direcciones opuestas. La ascensión dura veinte segundos y una vez arriba, las sillas, realizan un giro de 360 grados entorno al pilar, para inmediatamente después descender en caída libre. Habría sido tan sencillo como copiar la ficha con los datos técnicos de la entrada y esperar la reacción de los primeros atrevidos, pero me apetece ir más allá y vivir la emoción para después contarla.

Llega mi turno, las risas nerviosas, de mis compañeros de cola, se congelan al cruzarse con las miradas desorbitadas de los que acaban de bajar. Tampoco será para tanto, pienso mientras me siento. El encargado de seguridad comienza a dar instrucciones, los cinturones bien apretados y la espalda recta apegada al respaldo. Las chancletas y los bolsos mejor dejarlas abajo. No llevar nada suelto que se pueda perder. Cuando todo le parece estar correcto, acciona un dispositivo que deja caer unos rígidos tirantes sobre los hombros de cada uno de nosotros, y que se fijan a la altura de la cintura con unas anillas donde podemos agarrar las manos.

En el mismo instante en que nos arrancan del suelo comienzan los nervios, en solo un segundo la altura supera las cabezas de los que esperan y los gritos, aun tímidos, se mezclan con risas bobas. A medida que subimos va aumentando la velocidad y las carpas y pabellones se quedan pequeños. No hay nada bajo mis pies. El cuerpo se me pega al asiento. La mente parece subir unos metros por debajo. La altura es enorme. Se alcanza a ver el mar. Siento miedo. ¡Que paren ya! ¡Que me dejen bajar! Mirando la lejanía no siento vértigo, o si que lo siento, no sé que me pasa. Mis oídos se taponan, grito y mi boca se queda desencajada, no me responde, no tengo aliento. Seguimos subiendo ¡Qué horror! ¡Esto es eterno! ¡Mamá! ¡Si veo la casa de la abuela! ¡Dios mío! ¡Quiero bajar!

Un suave clic anuncia que la ascensión ha terminado, la plataforma quieta, sonrisas sordas se mezclan con lágrimas frenéticas, involuntarias. Tengo las uñas clavadas en las palmas de mis manos. Me destenso. Un giro lento nos ofrece una esplendida panorámica, del mar a la montaña en un silencioso suspiro y vuelta al mar.

De repente: ¡Aaah!

El encargado nos ha desatado, me ofrece la mano, no acierto a levantarme, mejor espero que baje mi estomago.

Huracan Condor

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