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ANTÓN PIRULERO

La cancioncilla doblaba la esquina antes que ella: “Antón, Antón, Antón pirulero…”  Ausente de todo, de todos.  “…cada cual, cada cual…”  Cada día encerrada en el mismo mantra,  “…que atienda su juego…”  en la cola del pan, en la sala de espera del ambulatorio…  “… y el qué no lo atienda…”  la insistencia llegaba a ser molesta.  “…pagará una prenda…”  Llevaba gafas oscuras y mangas largas. Siempre sola.  “Antón, Antón,…”
La letrilla de las narices te cambiaba de acera.  “…Antón pirulero,…”  Ojalá se callara. “… cada cual, cada cual…”  Fastidiaba encontrártela. “…que atienda su juego…”  Molestaba oírla. “… y el qué no lo atienda…” ¿Por qué no se quedará en casa? Mejor sería no verla.  “…pagará una prenda…”
Un día ya no salió.

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Lavadero

Un tablero de madera alzaba cuatro dedos los pies del suelo y los aislaba del frío que se colaba por las puertas del lavadero: dos grandes ojos abiertos en un edificio diáfano que los vecinos construyeron a tanda. Pocas veces se lavaba en silencio. Las palabras se crecían en ese vacío de paredes altísimas, rebotaban en el techo una y otra vez, y se multiplicaban antes de escapar a la calle.
―¿También hoy estás aquí? Pues sí que ensuciáis en tu casa.
El agua llegaba de la fuente, por un canal abierto, a la primera pila, la corriente la mantenía transparente; por un rebosadero se llenaba la segunda balsa, la vasta, la de enjabonar y sacar las manchas. Las mujeres pasaban horas frotando las prendas en los arredores de granito y sus conversaciones se posaban en el fondo con la suciedad.
Cuando la vi entrar y colocarse a mi lado, con su balde de ropa sucia, me hubiera querido hundir en el agua blancuzca y escapar con ella por el tapón que regaba el huerto. Mi cuerpo tembló y el quiebro se reflejó en la piedra que me levantaba el tablero.
―¡Chiquilla que te caes!
La mujer comenzó a lavar y reconocí el pantalón que me habían obligado a bajar la noche antes, me pareció que las voces de las lavanderas se interrumpían y que todas veían el dolor de mis cardenales. Me bajé las mangas y metí las manos en el cubo de agua caliente para aliviar el frío.
Las sábanas de unas se mezclaban con las camisas de las otras, las lanas ruines desteñían y los blancos pardeaban. El olor a jabón y lejía que enturbiaba el agua entumecía mi mente.
― No sé donde se mete este hombre mío que no hay manera de quitar las manchas.
Remojé de nuevo mi vestido, lo restregué con fuerza en el granito con intención de desgarrarlo y me traicionaron los miedos. Después lo retorcí, pero ni el agua clara de la primera balsa me arrancó la vergüenza.
― Remángate, no ves que te mojas los mangotes y luego tardan mucho en secar.

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