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La grieta

A veces te vacías en un texto, a veces…, sólo a veces!metafora

 

Si mi casa no tiene vicios,
ni ofrendas que cumplir;
si no se recuesta el tejado
para cubrir mis sonrojos,
ni se alza el silencio de los murosgrieta
para esconderme de intenciones;
si nunca fueron troneras mis ventanas
ni sus cerrojos rencores,
entonces…
¿a qué la grieta?
¿Qué abandono la retuerce,
pretende liberarme o me castiga?
¿No compete a los cimientos
alcanzar la armonía de emociones?
¿Será, acaso, tanta piedra
un trampantojo?

No se ahogaron mis miedos encerrados,
ni templaron jamás tributo alguno
aquellos mantras compartidos.
No hubo remedio providencial
que sofocara mi odio,
ni bebedizo que conciliara
amor y enojo.
No supe de ayuno sin esfuerzo,
ni de catón donde aprender
a moverme con celo
en los afectos.
La desidia preventiva de mi especie
ocupó sin preguntas mi morada.
Di la gracia, cual dios, a la estructura
y caí en el encierro de la nada…

No pretendo el amparo de un legado venenoso,
ni piedad que alivie desazón.
Sería vano entregarse a la quietud
desde esta suerte,
entonces…
¿qué otra cabe?

Aún en ese claroscuro
cabe el verbo,
derramar el momento y encontrarse.
Cabe ahondar
en la grieta
hasta salirse.
Habitar el dolor y completarse.

Del libro: “Lo Personal y lo Poético”  .pdf

http://ciudadartenuevo.apps-1and1.net/

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La Chelvana

También aquella era una mañana de invierno. El camino crujía bajo las suelas de los zapatos; brillaba como si cientos de estrellas hubiesen caído y estallado en pedazos al llegar al suelo. Me llevaban al dentista porque mis dientes de leche se resistían a pesar de despuntar los definitivos. Tenía miedo, sí, y frío, pero la emoción de viajar por primera vez en la Chelvana los dominaba. Iba a conocer por fin, hasta dónde llegaba la carretera una vez cruzados los pinos de la Montalbana. Quizás el relente sea igual cada madrugada y el frío sólo dependa del abrigo que vistas en la espera. En esta, ni la más tupida piel templaría el hielo de mis huesos. Recuerdo aquel chaquetón de gabardina, heredado de mi prima, y a mi cuerpo jugando al escondite entre sus costuras. La bufanda embozándome hasta las orejas, y el aliento humedeciendo las fibras rasposas que enrojecían mi barbilla a cada sonrisa. El mismo respirar helado que ahora es helado desde dentro entonces se enfriaba al llegar afuera. Mis puños apretaban el forro de los bolsillos buscando un desgarrón por el que frotar los nudillos con la guata, y mis rodillas parecían bolas enrojecidas saltando a la pata coja entre el bajo del vestido y la goma de los calcetines.

Una carrancla ruidosa se acercaba desde los Arcos y pasaba de largo. Tardaba cinco minutos en dar la vuelta en la plaza y volver a la parada apestando a gasoil. Eran pocos: no daba tiempo a contar las farolas encendidas ni a leer los carteles de las paredes de la caseta. Hoy son coches más nuevos los autobuses que cubren la ruta. La Chelvana es más silenciosa, más vacía, igual de puntual. Una mirada oblicua es más que suficiente para desconfiar de las promesas de cambio que se solapan en los bandos del tablón de anuncios, y cinco minutos son muchos esperando un autobús para huir de la quimera.

La frenada pareció un pinchazo largo, como si saliera todo el aire de las ruedas; las piezas campanearon volviendo a su sitio, recomponiéndose hasta quedarse quietas. Abrió las puertas de golpe y se desplegaron un par de escalones. Yo debía levantar poco porque mi padre me aupó para alcanzar los pasamanos y entrar en el coche. Tampoco sentada me llegaban los pies al suelo, pero los parapeté en el respaldo del asiento delantero porque me deslizaba con el escay. Me dejaron el lado de la ventanilla para que disfrutara del camino. No entendí que la llamasen así cuando era una ventana más grande que la de mi cuarto pero me gustóAnnie Griffiths Belt: Autobús al amanecer el sitio. Afuera aún estaba oscuro y el cristal reflejaba el interior, podía ver como se quedaba dormido el señor del otro lado del pasillo sin que él se enterara. Mi cuerpo se acompasó con el movimiento del coche, hacía calorcito, sonaba la radio,… Lo siguiente fue despertar con el sol en los ojos y mi padre diciéndome: venga, vamos, que hemos llegado.

Esta mañana el conductor ha bajado a ayudarme con las maletas antes de subir al autobús, después, él mismo, ha cobrado mi billete sencillo. Apenas un par de viajeros ocupan los primeros asientos pero he preferido sentarme en los últimos. Mirar por la ventana trasera es como tardar un poco más en alejarse.

Las visitas al dentista se repitieron durante un par de años. Mi padre me entretenía en el trayecto haciéndome adivinar el nombre del pueblo siguiente. Recuerdo algunas de las pistas que memorizaba para no defraudarle: Por La Yesa pasábamos de noche; la carretera parecía acabar en el muro de una casa de piedra, pero la Chelvana se colaba entre las farolas, rozándolas, y cruzaba por medio del pueblo. Cuando las montañas se iban quedando atrás y empezaba el amanecer llegábamos a Higueruelas; me contaban que, en una mañana despejada, desde las Peñas de Dios se veía el mar. Yo reconocía las Peñas por la enorme cruz que las coronaba pero nunca logré ver el mar. El primer tren lo descubrí a la entrada del Villar, siempre parado. Casualmente coincidía con el horario del autobús, pero nunca vi ni dentro ni subir a ningún viajero. Tiempo después me di cuenta de que se trataba de un solo vagón, sin maquina, y de que estaba plantado decorando un jardín. En Casinos subía una señora con una cesta a vender peladillas y Liria era ya una ciudad con muchos semáforos.

Durante años, la Chelvana ha unido mi centro con la periferia. Acercándome a las pocas cosas que no encontraba en estas montañas me ha hecho crecer. Fuimos con ella al viaje de fin de curso al terminar en la escuela; recuerdo que un grupo insistimos en pasar la noche en el autobús, en lugar de dormir en el hotel, el conductor me hizo responsable dejándome las llaves y aquella responsabilidad me alivió del frío. Con la Chelvana acudí también a mi primer concierto en Valencia: un roquero sudoroso en camiseta y pantalón de rayas que llenó el estadio. En estos asientos he dado los últimos repasos al temario de algún examen en el instituto, las últimas cabezadas de los lunes llegando a la facultad,… En este mismo coche he ido de compras o al cine. Me llevó por primera vez al teatro y resultó ser también mi primera manifestación porque vimos “La Madre”, de Gorki, los actores se mezclaban con el público y desplegaban pancartas en las protestas…

Hacía tiempo que no cogía el autobús. Cuando decidí que nada que estuviera fuera de estos montes me era necesario, mis viajes se hicieron menos frecuentes. Hoy la decisión no ha sido mía. Me sorprendió el desencanto, no lo vi llegar. Soy culpable de la torpeza… Una vez más éste coche y ésta ruta me llevan a un primer encuentro. A un nuevo punto de partida. Está amaneciendo. Sembrados y cunetas se desperezan cubiertos de escarcha como tantas mañanas de invierno. Comienza a clarear entre los pinos. La hora violeta asoma despacio, tranquila… Pronto llegaremos a la Atalaya y el cielo parece despejado. Quién sabe… quizás esta vez pueda ver el mar.

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Traje de novio … 9/11

(9/11)

                                                                                         …  ¿Qué pensará el viejo verde que no hace más que mirarme el escote? ¡Sí no paras, le contaré a tu mujer de qué me conoces! ¡Vaya por Dios! No había tenido tan cerca al Alcalde con la ropa puesta. No te pongas nervioso, Alcalde, ¡qué no muerdo! Se creía el Indio que me iba a faltar valor, no me conoce. «Que no tengo más familia que tú». Pues aquí me tienes; y si hubieras ido a la iglesia igual, yo te llevo al altar y donde haga falta, cariño. Que a mí no me ha tratado nadie como lo has hecho tú. ¿Te acuerdas cuando nos presentó María? «Te presento a mi novio». ¡Qué guapo me pareciste! Las ligas que hemos hecho después tú y yo. Como hermanos ¿eh? Como hermanos nos hemos llevado siempre, que ella era mi amiga antes que tú y no la traiciono ni por todo el oro del mundo. Bien que lo sabe. Pero estar lejos une mucho. Las lágrimas que habremos soltado a pie de barra. Y esas veces que me has llevado a un domicilio. «Cualquier problema me llamas, que estoy aquí abajo» Sin chulerías hermano, eso no tiene precio… Para ti la amistad es lo más grande… Se te humedecían los ojos cuando me contabas cómo habías entrado después de que te echaran del aeropuerto. «Siempre hay desconocidos generosos, me decías, vecinos de un primo que conoce a un hermano que cuentan que un día quiso cruzar». La de veces que he escuchado aquella historia tan distinta y tan igual a la mía. «No te mortifiques Reme, me decías, si estás aquí es porque quieres»,  y tienes razón. Yo salí de mi tierra por hambre y cuando tu novia me encontró en aquel piso estaba molida a golpes. Te quedas porque crees que no te mereces nada, que es lo mejor que vas a conseguir… Ella me enseñó que no era así y me ayudó a salir, me juré que un hombre no me volvía a poner la mano donde yo no quisiera… Aquí aterricé porque quise. Estoy bien. Es difícil, pero me cuidan. Si un cliente no me huele bien ¡puerta!… Ya tengo un dinerito ahorrado para buscar otra vida, pero chico ¡ésta me gusta! Y no me digas tú a mí que no es más legal cobrar en dinero que en favores. Luego las putas nosotras… ¡Virgencita! Si es que me desparramo… ¡A ver Reme, saca pecho que te están enfocando!…

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Abandono

Murió feliz en brazos de su amante. Nadie la conocía tan íntimamente como su pie derecho; sólo la línea discontinua, entrando entre sus piernas a toda velocidad, era capaz de llevarla al orgasmo.

autopista

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Viaje

Había conducido toda la noche para llegar en coche a Cádiz. Más de ochocientos kilómetros de vías rápidas y carreteras de mala muerte, en las que estuve, casi siempre, acompañada de lluvia y mal tiempo; por eso una vez embarcados y asignado mi camarote, el cansancio me permitió, únicamente, ver como nos alejábamos de la orilla unas pocas millas, y luego, hube de entregarme a esa siesta reparadora, me sentí mecida por el océano y creo recordar que ya estaba dormida cuando mi cabeza llegó a la almohada.

Mi estomago me despertó a la hora de la cena, y jamás le agradeceré lo suficiente que lo hiciera. Cuando después de cenar, salí a cubierta buscando un espacio que no tuviera la placa “libre de humos”, me encontré con una inmensidad negra donde apenas se distinguía el horizonte, a no ser, por los millares de estrellas que poblaban esa oscura noche de verano. Sólo el ruido de los motores y las malolientes chimeneas me impedían formar parte de esa negrura apasionante.

Tres o cuatro cigarrillos más tarde, el frío, y de nuevo el sueño, me obligaron a volver a mi litera, pero, conscientes de que el mejor espectáculo es el que aún no has visto, mis ojos se abrieron a una hora intempestiva; recordé la noche anterior y saqué de mi maleta la prenda que prometía más abrigo. Salí del camarote en dirección a ese amanecer que el azar, en un gesto generoso, iba a colocar a la popa, y alejándome cuanto pude de las chimeneas, subí a la cubierta más alta y me senté a disfrutar del amanecer atlántico.

Poco a poco el día empezó a desperezarse. Agua y Cielo, cual amantes que se sienten observados, trataban de recuperar la compostura colocando esa línea divisoria horizontal, por la que en pocos instantes apareció radiante y rotundo el Sol. Las pinceladas de luz y color que extendía a diestro y siniestro, no hacían sino mostrarme la grandeza de esos dos universos que yo nunca había contemplado con aquella nitidez.

El día lo pasé deambulando por el barco, disfrutando de paisaje y paisanaje, y agradeciendo a la diosa cobertura que nos hubiera abandonado, no recordaba al ser humano sin un móvil pegado a la oreja.

Esperé la llegada de la noche que como suponía, no me defraudó. Vi al astro rey despedirse con un cálido guiño y hundirse discreto en las aguas serenas y bravas, sabedor que de nuevo los amantes retomarían la noche de amor que él mismo había interrumpido en la mañana.

Mi sueño fue corto, alabo esta vez su falta; alguien me dijo en una ocasión, que lo mejor está por venir, y vino; antes del siguiente amanecer me instalé en la proa, cientos de luces amarillas se colaban por mis retinas y acercándose poco a poco, me iban adelantando la riqueza de emociones que me esperaban en el interior de estas tierras gran canarias, que ahora, yo lo sabía, eran el centro de mis dos universos.

Las Palmas de GC, desde Punta de Arucas

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