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Top manta

Pirateó la agenda del tiempo y se condenó a la vida eterna.

http://isaruma.blogspot.com/2008/03/top-manta.html

Foto: Iruma

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Común

Esta vez le pareció acertadísimo el tratamiento recomendado por el psicoanalista, se propuso llevarlo a cavo desde el primer día y compró un cuadernillo de vuelta a casa. Lo guardó en el cajón de la mesita de noche y encendió la radio mientras se hacía la cena. Después de un rato frente al televisor se metió en la cama, cogió la libreta y, tal y como el médico le había dicho, empezó su diario.

Se le ocurrió que podía contar cómo, cada mañana, subía la persiana poco antes de las ocho y esperaba unos minutos al lado de la ventana hasta que se abría la de enfrente; que tomaba el café amargo y la ducha fría, que caminaba descalzo por la casa y que siempre guardaba los zapatos en el armario del recibidor. Contó cómo iba al trabajo, qué hacía en él y dónde paraba un instante, de regreso, para comprar el pan. Que escuchaba la radio mientras cocinaba y que cenaba en una bandeja mirando la tele. Llenó un par de páginas relatando punto por punto cada cosa que había hecho y lo guardó hasta la noche siguiente.

Durante un mes escribió un rato cada día antes de irse a dormir. La recomendación incluía que de vez en cuando releyera paginas atrasadas, le pareció que ya sería el momento oportuno y una noche antes de escribir se dispuso a leer. Se dio cuenta, sorprendido, que lo único distinto del primer par de páginas con las dos siguientes era la fecha, también eran idénticas las dos del tercer día y las del cuarto, todas, sólo cambiaba la fecha de cada página impar. Pensó que el tratamiento haría más efecto sí conseguía cada día escribir algo distinto.

A la mañana siguiente dio un rodeo en dirección al trabajo y tardó tres minutos más en llegar a la fábrica, sólo espero siete a que abrieran. El segundo día, volvió a la ruta habitual en la ida, pero modificó el camino de vuelta, llegó a su casa y encendió la radio cuando faltaban tres minutos para las noticias. La mañana del tercero decidió lavarse los dientes antes de darse la ducha y al siguiente primero tomó el café. El quinto día abrió el periódico por la sección de noticias internacionales y el sexto por la de sucesos. Le costó un verdadero esfuerzo, pero consiguió su propósito y así cuando al final del mes leyó en su diario las páginas atrasadas, encontró que en cada día, además de la fecha, había una frase que era distinta al resto. Se durmió convencido de que ahora aplicaba bien su tratamiento.

El tercer mes siguió con la misma pauta, cada día modificaba el orden en alguno de sus hábitos y al día siguiente lo retomaba pero cambiaba otro.

Una mañana levantó la persiana y esperó unos instantes, se hicieron las ocho y la ventana de enfrente no se abrió, le pareció perfecto, ya no tendría que alterar ni una sola de sus costumbres para que aquella noche su texto fuese distinto. Días más tarde, regresaba a casa pensando que aún no tenía el cambio que habría de incluir en su par de páginas, cuando tropezó con dos jóvenes que salían apresurados de un portal y casi se da de bruces con las losas de la acera. Cuando apuntaba la anécdota en su diario le pareció que había dado con la solución a sus problemas de ánimo.

Faltaba una semana para su próxima visita al psicoanalista, y estaba convencido que esta vez le daría definitivamente de alta. Cuando leyese su diario y viera los progresos no podría menos que felicitarle. En los siete días siguientes se encontró muy cómodo volviendo a su rutina de hacía dos meses y no le importó demasiado perder cada día ese par de minutos sentado en el parque antes de volver a casa, porque siempre veía algo nuevo que hacía su texto distinto.

Lo que le molestó y le terminó de desorientar, fue, cuando en lugar de darle de alta, en su visita al medico, este le cambió el tratamiento.

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