Reencuentros

El paseo de hoy ha sido más grato que de costumbre. Un tímido solecito de invierno calentaba mi espalda y me animaba a seguir adelante. Acostumbro a tomar un camino que hay frente a mi casa. Es irregular, lleno de piedras y altibajos que te obligan a caminar mirando al suelo. Está poco frecuentado y, en los tramos de tierra, seguían intactas las huellas de mi última salida. Me ha divertido comprobar que mi zancada de hoy es igual de grande que la de ayer. Que avanzo el mismo espacio, sin esfuerzo, cuando adelanto un pie. Sin apenas darme cuenta he superado la distancia de otros días y he seguido caminando. A la vuelta he visto como el sol cubría con estrellitas de arena mis pisadas. Y creo que se ha sonreído igual que yo al descubrirme otra vez  enamorada.

Etiquetado ,

Vestigio

 ECOs 2012

Esperábamos en el ribazo a que mi padre acabara de labrar y se puso a llover. Con un silbido nos mandó, al abuelo y a mí, a refugiarnos en la barraca. Una parte del tejado estaba casi en el suelo, pero un pequeño rincón nos mantuvo secos. «Se va a caer y nadie lo remedia», dijo el abuelo mirando los palos del techo podridos por el abandono. «Antes sí que la teníamos en condiciones. Ese bancal tiene dos días de labrar y por aquí, todos a tajo, más o menos. Siempre había algún hato en la barraca; cuando no de un pastor…» El abuelo se acomodó recostado a la pared. A su lado, a media altura, sobresalían dos palmos de una estaca donde colgamos la bolsa. Yo, con los pies, retiré de un rodal las cagarrutas secas y me senté en el suelo. «Mi madre se acordaba ―empezó a contarme―, de que una vez, cuando ella era joven, estaban segando a mediodía y se les hizo de noche. Comenzó a pardear todo y a taparse el sol que hasta cantaron las chicharras y los mochuelos. En un instante el cielo se llenó de estrellas. Se abrigaron en esta barraca y, del susto, no podían ni rezar. Al poco rato, con el mismo pardo, echó a aclarar y el sol se destapó». ¿Qué hicieron entonces, abuelo? «¡Uy! Pues volver al tajo.»

Hoy están perdidas las tierras de la Barresa. Alguna tarde me acerco con mi sobrina a pasear por los pinos. A la vuelta, la espero en el ribazo mientras ella busca tesoros entre las ruinas de la barraca. Luego me cuenta emocionada que ha oído llorar a una princesa o que es el escondite de Alí Babá y los cuarenta ladrones. Me explica que es ahí donde duerme la noche durante el día, porque ha visto entre las piedras el brillo de las estrellas. Y ahora insiste, en que una piedra le ha dicho que tapa la boca de un túnel para viajar en el tiempo. Quiere que volvamos con más luz a buscarlo y yo le digo que sí, que lo haremos. Estoy segura, como ella, de que ese túnel existe.

Etiquetado , , , ,

Cartas desde el río

Un libro de   FRANCISCO RAMÍREZ VIU

Durante años he estado escribiendo estas cartas a la orilla del río mientras veía correr el agua, notaba el peso de la luz sobre las hojas o escuchaba detenidamente el canto de los pájaros en la arboleda.
Las he corregido una y mil veces: afinando expresiones (palabras, frases, párrafos), buscando el ritmo apropiado, haciendo visibles las imágenes, tratando de hilvanar sus páginas… Y seguramente no lo habré conseguido del todo. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de darlas por terminadas.
Sé que reflejan una visión muy personal del mundo, sencilla y exigente al mismo tiempo; al igual que las cosas que he contemplado durante estos años: la luz, los árboles… El silencio. De esta contemplación ha surgido también la invitación a un compromiso, con el entorno que me rodea y conmigo mismo. Un compromiso que va mucho más allá del intercambio de mercancías y sentimientos. Por eso tampoco han sido escritas para ser vendidas, sino para intentar compartirlas…                                       Francisco Ramírez Viu

(descargar)

Etiquetado , , ,

Luna

Laurent Laveder - Moon Games

 

 

 

Anoche la luna se coló en mi casa. Entró por la ventana, sin llamar.

Se manifestó, como un buen amigo, dándome cariñosos golpecitos en el hombro izquierdo que me hicieron volver la cabeza.

Dirigió mi mirada hacia los sueños y se quedó a dormir.

Etiquetado , , ,

Búsqueda

Llegó por la mañana el viajero y la tierra, que barría la escarcha le dijo: «¿Qué quieres?». «Quiero la calma ―contestó―, ¿la tienes tú?».

―No, yo no. Sólo soy un ama de cría. Te ofrezco la vida que mecen el sol y la lluvia, te dejo crecer. Si quieres la calma búscala tú.

Siguió su camino el viajero y, cansado, se acercó a sentarse en los ribazos que dibujan los pastos; una piedra curiosa le sonsacó: «¿Qué buscas viajero?». «La calma, ¿la tienes tú?».

―No, yo no. Ni mis hermanas tampoco. Contemplamos la vida y aprendemos del monte. Nosotras te contamos la historia. Si quieres la calma búscala tú.

Más tarde, atraído por un aroma seductor, se adentró en un bosque de enebros y encinas. «¿Qué persigues? ―preguntaron». «La calma, ¿la tenéis aquí?».

―No, aquí no. Bailamos con el viento y los pájaros al compás de cencerros. Te ofrecemos la música. Si quieres la calma búscala tú.

Y siguió el viajero caminando y encontró una casa noble que preside el valle. La entrada se interesó: «¿Qué deseas viajero?». «La calma, ¿la tienes aquí?».

―No, aquí no. Tengo cobijo y descanso. Te ofrezco mi techo. Si quieres la calma búscala tú.

Etiquetado , ,

Emociones

XVII

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
hoy creo en Dios!

Gustavo Adolfo Bécquer

Y sucedió que lo vi, y que casi lo toco.

Me miró y lloré.

Me alentó, le seguí,

me enseñó y escuché.

Y en la cámara oscura nos dijimos los tres.

Etiquetado , , , ,

Vínculo

Hoy he salido a mirar el otoño. El día está limpio; la luz dorada funde barbechos con bancales dispuestos para la siembra y el viento suave provoca pequeños remolinos con hojas de almendros. Un ligero paseo me ha llevado al encuentro con un viejo y solitario olivo en la falda de la montaña. Hay una piedra junto al tronco, colocada seguro por alguien sabio, ideal para sentarse a contemplar.  En la copa se mezclan ramas secas con brotes jóvenes salpicados de aceitunas. Sentada, recostada en tantos años de firmeza, el cielo se ve más cercano. El azul se cuela entre pinceladas plateadas y te invita a cerrar los ojos para escuchar al monte, al poeta y al hombre.

Etiquetado , ,

Lavadero

Un tablero de madera alzaba cuatro dedos los pies del suelo y los aislaba del frío que se colaba por las puertas del lavadero: dos grandes ojos abiertos en un edificio diáfano que los vecinos construyeron a tanda. Pocas veces se lavaba en silencio. Las palabras se crecían en ese vacío de paredes altísimas, rebotaban en el techo una y otra vez, y se multiplicaban antes de escapar a la calle.
―¿También hoy estás aquí? Pues sí que ensuciáis en tu casa.
El agua llegaba de la fuente, por un canal abierto, a la primera pila, la corriente la mantenía transparente; por un rebosadero se llenaba la segunda balsa, la vasta, la de enjabonar y sacar las manchas. Las mujeres pasaban horas frotando las prendas en los arredores de granito y sus conversaciones se posaban en el fondo con la suciedad.
Cuando la vi entrar y colocarse a mi lado, con su balde de ropa sucia, me hubiera querido hundir en el agua blancuzca y escapar con ella por el tapón que regaba el huerto. Mi cuerpo tembló y el quiebro se reflejó en la piedra que me levantaba el tablero.
―¡Chiquilla que te caes!
La mujer comenzó a lavar y reconocí el pantalón que me habían obligado a bajar la noche antes, me pareció que las voces de las lavanderas se interrumpían y que todas veían el dolor de mis cardenales. Me bajé las mangas y metí las manos en el cubo de agua caliente para aliviar el frío.
Las sábanas de unas se mezclaban con las camisas de las otras, las lanas ruines desteñían y los blancos pardeaban. El olor a jabón y lejía que enturbiaba el agua entumecía mi mente.
― No sé donde se mete este hombre mío que no hay manera de quitar las manchas.
Remojé de nuevo mi vestido, lo restregué con fuerza en el granito con intención de desgarrarlo y me traicionaron los miedos. Después lo retorcí, pero ni el agua clara de la primera balsa me arrancó la vergüenza.
― Remángate, no ves que te mojas los mangotes y luego tardan mucho en secar.

Etiquetado ,

Desventura

-

No entiende por qué se abren sus ojos cuando se muere de sueño, ni cómo se mueven sus piernas con lo cansado que está. Por qué baila sin ganas y hace reír; cómo puede mostrar alegría sintiéndose el más infeliz de la tierra. Se pregunta qué le hace seguir trabajando, por qué sigue viviendo cuando querría morir. Será su fe en algo grande o su esperanza de cambio. O quizás la razón se encuentra allá arriba, en aquella cruceta, al final de esos hilos que lleva atados a brazos y piernas.

Trini Rodríguez

¡¡No soy López, soy Rodríguez!!

¡Enmienda, ……….!

Etiquetado ,

Cobardía

http://ilusionesopticas.org/impresionante-arte-optico-con-sombras/

——

——

——-

No te esfuerces, cariño, en contarme mentiras, que ahora ya sé creer en las mías.

Etiquetado , , ,

Pervivir

Jean-Guy Lattraye sculpteur

Bolsa de basura

-

.

La basura doméstica bosquejaba su identidad, pero él tenía su arte para burlar a la muerte. Ató la bolsa con un hilo de cobre y la encerró en un bloque de mármol.

Jean-Guy Lattraye sculpteur

Jean-Guy Lattraye

Sculpteur

Etiquetado , ,

Marianela

«Y cuando le contradigo, mi hijo me contesta

que el don de la vista quizá altere en mí,

¡qué disparate más gracioso!,

la verdad de las cosas.»

Benito Pérez Galdós

(Gracias)

Etiquetado ,
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.