Desde el Calvario

Julio 6, 2009

Pesar

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De niña soñaba con ser invisible, con mirar sin que me viesen.
Ahora, que puedo serlo ocultando el punto verde, padezco mi deseo.

Mayo 15, 2009

Revivir

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Debió rehusar la invitación si le asustaba la idea de volver a verla. Nadie habría notado su ausencia, quizás ella. Seguramente será una línea más en una larga agenda de contactos que gestiona su secretaria. Veinte años siguiendo su carrera por la prensa. Comprando las novelas, instantes después de salir a la venta, para ver su foto en la solapa; la ha visto crecer, madurar y casi envejecer, a través de las tapas de sus libros.

—No estoy preparada Andrés, se paciente, dame más tiempo.

Y él, le da más tiempo una y otra vez.

El público abarrota la sala de prensa, centenares de seguidores y periodistas se arremolinan frente a la mesa de conferencias, y ahí está ella, erguida, ofreciendo a los fotógrafos una sonrisa de satisfacción. Por encima del bullicio, como saeta traicionera, el mismo perfume de su deseo adolescente.

—Te quiero, y sé que tu a mí también pero es un paso importante, tengo miedo Andrés, aún es pronto.

Y una noche más se funden en ese abrazo que consume el tiempo. Luego, en la soledad de su habitación, Andrés, espera el sueño oliendo a rosas.

Han cesado los flashes, ella se dispone a sentarse para atender las preguntas cuando, en un rápido barrido por el foro, sus miradas se cruzan, le reconoce, y su firmeza se tambalea. Comienza a responder con los ojos fijos en él como si estuvieran solos.

—Mañana nos vamos, trasladan a mi padre. Créeme, te recordaré siempre.

Las palabras se confunden con las espinas del aroma de rosas, y arañan el corazón enamorado de Andrés.

«Por supuesto que cada obra literaria tiene algo de biográfica, —le escucha desde el estrado—, escribimos lo que somos, y no se confunda, mi protagonista conoce el sexo de manera tardía no así el amor, que había descubierto en plena adolescencia. En cuanto a su pregunta de en qué coincidimos mi personaje y yo, le diría que ambas pensamos, —responde con una mirada interrogativa—, que el presente es buen momento para retomar lo aplazado en el pasado.»

Abril 10, 2009

Miradas

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Concha San Juan

Concha San Juan

Spinoza sabía que el lenguaje tenía cautivo al imaginario humano; que tras esa agudeza que creía hablar con libertad, se ocultaba la primera trampa esencial de la palabra: imponer, a quien hablara, la representación material y determinada de su imaginación.

Entendió que, para libertar al pensamiento, necesitaba conocer su génesis y dotar al verbo de expresión.

Por eso tomó su lente, aprendió a pulirla, y miró por ella.

Marzo 13, 2009

Página asesina

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El fallecimiento, aparentemente fortuito y sin rastro alguno de violencia de varios vecinos, ha puesto en alerta a la pequeña población de Tain, en las tierras altas de Escocia. En los corrillos, desde hace meses se comentaba la apertura de la librería de la Sra. Wallace como única novedad, y ahora se multiplican conjeturas sobre la causa de las muertes.

A pesar de la evidente normalidad, el detective Murray intuye una serie de homicidios, y desgrana, una y otra vez, los informes del forense buscando un vínculo. Los muertos no tienen en común edad ni sexo. Igualmente aparece un cadáver en su vivienda, como en un parque o jardín. Ni siquiera hay una correspondencia geográfica ni temporal que aporte alguna pista. No ha habido robo ni uso de fuerza en que basar su hipótesis. Tan solo una coincidencia: a todos les sorprendió la muerte leyendo, y a las tres de la tarde.

El Sr. Murray repiquetea con los dedos sobre su mesa mientras siente que algo se le escapa. Desde su ventana mira el escaparate de la librería. Un llamativo cartel recomienda, una semana más, leer a Cortázar.

Es la hora del almuerzo, la Sra. Wallace cierra la tienda. Como cada día la ve alejarse en dirección a casa. Siempre lleva algún libro en las manos, y aún en días nublados usa gafas de sol.

Las primeras horas de la tarde son siniestras en Tain. La gente camina con recelo temerosa de encontrar un cadáver en cualquier esquina. En el preciso instante que suenan las tres, en el reloj de la iglesia, la ciudad entera retiene el aliento. Impera el silencio, y al minuto siguiente, la calle vuelve a la vida en un suspiro unánime.

El detective agradece a la muerte un día de tregua, y sale a dar un paseo que clarifique su teoría. A eso de las cuatro, se encuentra con su vecina que vuelve a abrir la tienda. Le parece cansada y se ofrece a ayudarla.

En el interior, una pancarta a medio enrollar anuncia un cambio de negocio; sorprendido, pregunta a la Sra. Wallace si piensa cerrar la librería.

—Así es —contesta la mujer retirándose las gafas—, la colgaré mañana, pero créame, será lo mejor.

Y continúa.

—Mi marido empieza su lectura segundos antes de las tres, y hoy, se ha quedado a vuelta de página.

El Sr. Murray estampa en el suelo su hipótesis y clava los cinco sentidos en aquellos ojos, cubiertos de hematomas, donde se confunde el rojo con azules o amarillos.

cortazar

Febrero 25, 2009

La Serranía

Archivado en: Contextos — Trini @ 10:03 pm
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La Serranía se despereza con mañanas de escarcha, y sobre su tierra bruñida, estaqueada de olivos, algarrobos y almendros conviven costumbre y oficio, con  la reja que voltea barbechos. Sabinares y pinos perfuman su cara lavada con agua de lluvia y un reguero de montes, resiste cada día, y la viste de gala.

Las calles, adoquinadas de gallardía, ordenan un pueblo humilde que, a la fuerza y sin rubor, aprende a zurcir. Conquistas y derrotas se amontonan en los ribazos, y de sus entrañas de arcilla nace la dignidad que tapona las heridas.

La Serranía está viva porque su gente no afloja. Una ofensa continua amenaza su temple y viviendo en alerta se crece en coraje. El serrano madura con calma curtido en recelos; conoce su suerte y recarga sus fuerzas con la solana para encarar al futuro de cada presente.

Enero 18, 2009

Paciencia

Archivado en: Contextos — Trini @ 10:23 am

Desde que se jubiló ha cambiado su rutina pero no ha modificado su hábito. En lugar de acudir a la biblioteca de la facultad entre una y otra clase, ahora pasa sus horas libres en la biblioteca pública. Un sillón orejero, de cuero cuarteado y rojizo, que parece conservar la calidez que él mismo ha dejado el día anterior, se ha convertido en compañero inseparable de las tardes en los últimos meses. Le gusta estar rodeado de libros, palparlos, sentir su olor, que le hablen. Sobre todo, le gusta zambullirse en las biografías, curiosear la vida de filósofos, de científicos, de astrónomos. Saber cómo pensaban, cómo obraban, cómo fue su vida y qué parte de ella dieron u obtuvieron de las matemáticas, su verdadera pasión. Ha vivido por y para los números desde que los descubrió en la infancia.

Nunca se sintió un hombre solitario, pero lo cierto es que, salvo si encuentra un ex alumno, no tiene con quien compartir sus recuerdos. Justificó su soledad con el poco espacio que queda para el amor en un corazón lleno de fórmulas. Ni siquiera quiso amigos, de carne y hueso, más allá del campus. Viajaba solo, movido siempre por algún interés científico, y se enviaba postales de los lugares que visitaba para tener otra correspondencia que no fuesen facturas o extractos bancarios.

Hace una semana que, un par de horas antes de irse a casa, un aroma fresco de lavanda que no sabe de qué lo recuerda, reclama su atención y sin pretenderlo saca su mente del libro. Su mirada, en una reacción instintiva, se despega con pereza de las letras y se vuelve en dirección a la salida. Alcanza a ver el final de un morado pañuelo de seda, ondeando al viento de la puerta abierta, antes de desaparecer.

Hoy, está dispuesto a averiguar de quién es el olor y el pañuelo que le quita el sueño las últimas noches. No sabe porqué pero lleva unos días que todo huele a lavanda, que sólo ve luces moradas, que se sueña atado a un pañuelo de seda, recostado a un pañuelo morado de seda. Que cierra los ojos y un brillo morado lo envuelve en lavanda. Por primera vez en su vida pierde la concentración de un libro para fantasear con un pañuelo de seda.

Ha cogido una biografía, por supuesto, aunque sabe que esta tarde no podrá centrarse en su lectura, el único sentido que tiene en alerta es el olfato. El libro se abre al azar por una página en la que, algún extraño lector con sus mismas pasiones, dejó olvidada una vieja postal. Presenta una imagen de la nueva biblioteca de Alejandría. La reconoce al instante porque la visitó en su viaje a Egipto. Quería ver el mismo cielo que había despertado el sentimiento filosófico de Hipatia la hija de Theón, la misma de la que habla el libro que tiene en sus manos, y pasó unos días en Alejandría.

Con curiosidad, casi aburrida, mira el reverso de la postal. Fue enviada desde el Cairo en abril de 1980, casualmente la misma época en la que él anduvo por allá. Va dirigida a una tal María Teresa Gómez Lezcano y a una dirección que reconoce en la ciudad, pero que no existe desde que quisieron suprimir símbolos represivos y cambiaron el nombre de algunas calles; como si borrar la memoria fuera tan fácil.

En el cuerpo de la postal una frase, curiosa y precisamente, de Hipatia: “Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar”, y una pequeña firma casi ilegible, sin rúbrica, Mayte. Sin una despedida, sin un beso, casi una sentencia; como le gustaba despedirse a él.

Una repentina desazón ha invadido su cuerpo, se siente inquieto. No reconoce ese estado de ánimo. El viejo profesor se está poniendo nervioso, piensa mientras sonríe para sus adentros, un familiar olor a lavanda encamina su mirada a la puerta de salida, y de nuevo el reflejo morado de un pañuelo de seda es todo lo que alcanza a ver. En un impulso inédito se pone en pie. Deja pereza y rutina en el sillón orejero y sale a la calle.

Una mujer madura, en medio del paseo de la entrada, vuelve sobre sus pasos en busca del pañuelo de seda que el viento ha arrancado de su cuello y ha dejado enganchado a uno de los rosales. Ambos llegan al mismo tiempo al rosal. Permítame alcanzarlo”, dice el profesor, y ella se ruboriza y le da las gracias. Cuando le entrega el pañuelo y mira sus ojos, tan hermosos como el cielo de Alejandría, en un arranque de valor se atreve a decir:

Lorenzo Martín, para servirle.

Lo sé contesta la dama, María Teresa Gómez Lezcano, pero puede usted llamarme Mayte.

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Diciembre 21, 2008

Queridos reyes magos

Archivado en: Contextos — Trini @ 11:55 am
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Hace años que os pido mis regalos de reyes de pensamiento, que no envío mi carta, y hace años que me traéis lo que os queda al fondo del saco. Probablemente vuestra magia no avance como las nuevas tecnologías y los deseos os lleguen con interferencias, no es vuestra culpa, lo sé, pero esta vez no voy a arriesgarme y lo pediré por escrito. magos

Quiero una brújula.

No vivo en el culo del mundo pero se ve desde aquí, no tenéis que molestaros en llegar a mi casa, no perdáis vuestro tiempo con eso. Podéis enviarla con un joven, alto y guapo al que le gusten las margaritas.

Nota: Dejo abierta la carta por si a alguien más le pasa lo mismo y quiere anotar su pedido. Prometo enviarla antes del cinco de enero.

Diciembre 1, 2008

Operación Limpieza

Archivado en: Contextos — Trini @ 7:58 pm
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La situación estaba yendo demasiados lejos y empezó a ser molesta para el presidente y su equipo de gobierno. Había que actuar antes de que las cifras se volvieran en su contra. Convocó al oficial al mando del Grupo Especial de Operaciones y ambos convinieron qué era momento de ejecutar la “Operación Limpieza”.

Un helicóptero subió al Comando hasta la azotea del hospital. Rápidamente los operativos, armados con fusiles de asalto, se descolgaron por las paredes hasta las ventanas del último piso y desaparecieron en el interior.

Los curiosos se concentraban tras el cordón policial que bloqueaba el acceso incluso de las puertas de urgencias.lazo

La operación debió ser un éxito, puesto que a los pocos minutos, salieron los agentes por la puerta principal cargados con cajas de historias clínicas. Desaparecieron, en un vehículo de alta movilidad, con la misma diligencia que habían llegado.

Los civiles se dispersaron sin entender aquel despliegue. Sólo un joven, aprovechando los prismáticos que su amigo le había pedido para despedirse de las montañas desde la ventana de su habitación, alcanzó a leer el sello estampado en rojo del lateral de una de las cajas: VIH

Noviembre 29, 2008

Nueve Puertas

Archivado en: Contextos — Trini @ 4:30 pm
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Mis queridos colegas de “Nueve Puertas” sacan sus letras a la calle.

No duden en ir a escucharles, vale la pena.

nuevepuertas

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Noviembre 6, 2008

Común

Archivado en: Contextos — Trini @ 7:25 pm
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Esta vez le pareció acertadísimo el tratamiento recomendado por el psicoanalista, se propuso llevarlo a cavo desde el primer día y compró un cuadernillo de vuelta a casa. Lo guardó en el cajón de la mesita de noche y encendió la radio mientras se hacía la cena. Después de un rato frente al televisor se metió en la cama, cogió la libreta y, tal y como el médico le había dicho, empezó su diario.

Se le ocurrió que podía contar cómo, cada mañana, subía la persiana poco antes de las ocho y esperaba unos minutos al lado de la ventana hasta que se abría la de enfrente; que tomaba el café amargo y la ducha fría, que caminaba descalzo por la casa y que siempre guardaba los zapatos en el armario del recibidor. Contó cómo iba al trabajo, qué hacía en él y dónde paraba un instante, de regreso, para comprar el pan. Que escuchaba la radio mientras cocinaba y que cenaba en una bandeja mirando la tele. Llenó un par de páginas relatando punto por punto cada cosa que había hecho y lo guardó hasta la noche siguiente.

Durante un mes escribió un rato cada día antes de irse a dormir. La recomendación incluía que de vez en cuando releyera paginas atrasadas, le pareció que ya sería el momento oportuno y una noche antes de escribir se dispuso a leer. Se dio cuenta, sorprendido, que lo único distinto del primer par de páginas con las dos siguientes era la fecha, también eran idénticas las dos del tercer día y las del cuarto, todas, sólo cambiaba la fecha de cada página impar. Pensó que el tratamiento haría más efecto sí conseguía cada día escribir algo distinto.

A la mañana siguiente dio un rodeo en dirección al trabajo y tardó tres minutos más en llegar a la fábrica, sólo espero siete a que abrieran. El segundo día, volvió a la ruta habitual en la ida, pero modificó el camino de vuelta, llegó a su casa y encendió la radio cuando faltaban tres minutos para las noticias. La mañana del tercero decidió lavarse los dientes antes de darse la ducha y al siguiente primero tomó el café. El quinto día abrió el periódico por la sección de noticias internacionales y el sexto por la de sucesos. Le costó un verdadero esfuerzo, pero consiguió su propósito y así cuando al final del mes leyó en su diario las páginas atrasadas, encontró que en cada día, además de la fecha, había una frase que era distinta al resto. Se durmió convencido de que ahora aplicaba bien su tratamiento.

El tercer mes siguió con la misma pauta, cada día modificaba el orden en alguno de sus hábitos y al día siguiente lo retomaba pero cambiaba otro.

Una mañana levantó la persiana y esperó unos instantes, se hicieron las ocho y la ventana de enfrente no se abrió, le pareció perfecto, ya no tendría que alterar ni una sola de sus costumbres para que aquella noche su texto fuese distinto. Días más tarde, regresaba a casa pensando que aún no tenía el cambio que habría de incluir en su par de páginas, cuando tropezó con dos jóvenes que salían apresurados de un portal y casi se da de bruces con las losas de la acera. Cuando apuntaba la anécdota en su diario le pareció que había dado con la solución a sus problemas de ánimo.

Faltaba una semana para su próxima visita al psicoanalista, y estaba convencido que esta vez le daría definitivamente de alta. Cuando leyese su diario y viera los progresos no podría menos que felicitarle. En los siete días siguientes se encontró muy cómodo volviendo a su rutina de hacía dos meses y no le importó demasiado perder cada día ese par de minutos sentado en el parque antes de volver a casa, porque siempre veía algo nuevo que hacía su texto distinto.

Lo que le molestó y le terminó de desorientar, fue, cuando en lugar de darle de alta, en su visita al medico, este le cambió el tratamiento.

Octubre 20, 2008

Criterio

Archivado en: Contextos — Trini @ 11:44 am
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Lo consideraba una nimiedad y por eso no le hizo hueco en la estantería de los triunfos. Aquella tarde, su sobrino lo descubrió al abrir uno de los cajones, y con la curiosidad infantil que desarma al adulto mas firme le preguntó:

─¿Te dieron un premio?

─Si, por escribir un cuento ─contestó─.

─Y ¿Qué te dieron? ─volvió a preguntar el pequeño.

─Nada, poca cosa, ─dijo quitándole importancia─ ese diploma y doscientos euros.

─¡Hala! Y te parece poco.

Septiembre 21, 2008

Sentimiento

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-¡Hueles igual!, me dijo, mientras fundíamos en un abrazo más de diez años de ausencias.

Y se acomodaron mis sentidos en una danza de cariño, que no entiende de rencores ni de urgencias.

Agosto 31, 2008

Sustento

Archivado en: Contextos — Trini @ 6:47 pm
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Tendré que volver a cocinar a ver si así retomo la escritura. Me gusta comer bien y guisar para que lean mis amigos, pero llevo tiempo tirando de comida rápida o comiendo fuera. Mi cuerpo se resiente y me pide a gritos una dieta de palabras enlazadas. Una historia sana que se cueza lentamente y se digiera por escrito.

Soy habitual de la cocina mediterránea y de autores contemporáneos. Disfruto aliñando mis ensaladas con aceite de oliva o nutriéndome de Marsé. Aunque en ocasiones peque y me deje llevar por alguna salsa exótica, lea un best seller y luego me arrepienta, me encanta la fruta fresca y las letras de Sampedro. Gozo cuando me siento ante una parrillada de verduras o unas aventuras de Reverte. A veces como pescado, desde una lubina al horno sazonada con Neruda o una fritura de González, hasta un salpicón de Pedro Flores. Pero reconozco, mea culpa, que le dedico poco tiempo. Lo que de verdad me pierde, sin embargo, es la carne roja de Almudena, el solomillo de Alfons, el osobuco dulce de Chacón o las chuletas de Alexis; un plato de Benedetti , un buen vino de Cortázar, un helado Monterroso o un licor de Maupassant. Luego, la paella de mi madre me redime, y la lectura de Faulkner. No perdono la gorkiana sopa de mi suegro ni el potaje con Stendhal de la abuela.

Habré de reponer la despensa y llenar la nevera antes de recuperar los fogones, pero he de volver a cocinar. Necesito pochar adjetivos, rustir oraciones y glasear textos. Poner a hervir mis neuronas y a escalfar mis sentidos. Es preciso, tengo ganas de escribir un buen cuento, y me apremia el hambre.

Julio 22, 2008

Enmienda

Archivado en: Contextos — Trini @ 8:50 pm
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De repente escuchó lo que había oído decir a su amigo: “Hay dos formas de llegar al desastre, sostener lo imposible y retrasar lo inevitable”. Entonces alzó los brazos, alcanzó la viga, acarició el nudo que había atado con esmero, agarró la soga, deslizó la cabeza, liberó el cuello y se desató.

Julio 18, 2008

Ensueño

Archivado en: Contextos — Trini @ 11:18 am
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Xavier Gascó

Xavier Gascó

Se encuentra bajando la empinada escalera de cemento que divide en dos los huertos que hay bajo el muro de la carretera, y que hoy, de manera incomprensible, están situados en frente. La oscuridad de la noche oculta el singular paisaje que ella recuerda. A través de las finas suelas de sus zapatos siente la dureza de los cantos rodados incrustados en el hormigón. Con cada paso, como si activará un invisible interruptor, se va iluminando un escalón que vuelve a la penumbra cuando se enciende el siguiente. El tiempo no cuenta, ni la distancia cuenta, sabe que ha de llegar abajo para empezar a subir, y sabe también, que no es un descenso geográfico; que va de la gloria al más profundo de los infiernos. Continúa lentamente, con la cadencia de la tristeza y desazón que provoca el orgullo mutilado.

Un estrecho rellano espera al final de la escalera. Se entretiene un instante contemplando la densa negrura que impide percibir cualquier aroma, ni siquiera el de la hierbabuena que puebla los ribazos de los huertos.

Tiene las manos dentro de los bolsillos de su pantalón, pero no las siente. Parece que se hayan fugado sus sentidos, quizá conserva la vista aunque sólo vea sombras, o ni siquiera sus ojos estén abiertos y todo sea imágenes almacenadas en su pensamiento que desde hace un rato ha empezado a bullir. Frases inconexas mezcladas con recuerdos corren por los laberintos de su cerebro en la búsqueda desesperada de una salida. La puerta está arriba, al final de la escalera, ha de subir aunque le pese. Y una vez arriba, cruzar la carretera del pueblo y enfrentarse a la indiscreción de sus vecinos. ¿Cuál es pues el dolor más doloroso?

Paso y medio separan el último escalón de bajada del primero de subida y comienza el ascenso.

Las piedras de río aparecen ahora mojadas, aunque no ha habido lluvia que refrescara su sueño. Con paso firme, a pesar de su cobardía, afronta el terrible desnivel. Un simple resbalón podría hacerla caer y que su cuerpo rodara escalera abajo llevándola de nuevo al infierno.

El último peldaño la separa de sus miedos, cierra los ojos para esconderse del grupo que la espera al otro lado, y avanza. Con el suspiro que se escapa de sus labios cerrados, gentío y carretera se desvanecen.

La noche en el pueblo es menos oscura. Pequeñas farolas, como luciérnagas en espera de macho, cuelgan de las paredes y una liviana luminiscencia encandila las calles vacías.

Alguien le dice “buenas noches” y buenas noches contesta, pero no ve a nadie, ni siquiera sabe si lo ha oído.

Camina pensando que amanece, que el negro se está haciendo violeta.

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